2 de septiembre de 2008

Sobre telepatía, collages, vampirismo y cirugía estética


Como ya te he contado alguna vez, los jueves por la tarde voy a ver a mi tía Pepa a la residencia. A la pobre se le ha ido la chaveta y la mayoría de las veces no sabe ni quién soy, de modo que la experiencia me es harto desagradable. Sobre todo por lo que se refiere a su deterioro físico: semana a semana notas cómo la pobre se va quedando reducida a un montoncito de huesos. No voy visitarla porque sienta compasión por ella, ni por el cariño que una vez pude haberle profesado… De hecho, es bastante probable que mis visitas tengan más que ver con el médico que la atiende, del que estoy secretamente enamorada. Me tiembla todo el cuerpo cuando me lo cruzo por los pasillos, me ruborizo si me llega a saludar y mejor ni tratar de imaginar la sonrisa estúpida que debo de tener puesta cada vez que se detiene unos minutos para hablarme de sondas, analíticas, crisis respiratorias... y todo ese tipo de temas tan apasionantes a los que se limitan nuestras conversaciones. Rezo para que algún día se digne a adivinar mis sentimientos hacia él, pues lo que soy yo, soy demasiado cobarde como para transmitírselos de una forma que vaya más allá de la telepatía, para la que este hombre no parece capacitado.
De modo que hace dos jueves, ahí estaba yo a las cinco, como de costumbre. Sólo que a mi tía la habían trasladado de habitación y me encontré a otra señora en su lugar. Se trataba de un "ente" de edad indefinida (pensé que podía tener entre 50 y 70 años), uno de esos pequeños monstruos creados a golpe de bisturí en alguna clínica de cirugía estética. Estaba sentada sobre la cama de mi tía, hojeando una revista del corazón. Era una mujer algo rellenita, embutida en una bata floreada, que llevaba una peluca pelirroja que le sentaba como un tiro. Iba maquillada a más no poder, tenía los labios hinchados, enormes pómulos, una nariz reducida a su mínima expresión, colgada de un rostro mejor planchado que cualquiera de mis blusas, el cuello como un acordeón, las manos marchitas y un escote que dejaba entrever los pechos de una treintañera. Me hizo pensar en uno de esos "collage" que hacíamos en el colegio, ¿te acuerdas? O en un cuadro cubista de Picasso. Te juro que si aquella señora hubiese llevado puestas unas gafas de sol, le hubiese pedido un autógrafo allí mismo, pues no hubiese dudado ni por un segundo de que se trataba de alguna famosa. De esas que te cuentan sus penas y glorias en la tele, a las que escuchas embobada durante escasos cinco minutos para luego cambiar de canal asqueada y preguntarte: "¿Y quién coño era esa?"
Aquella especie de monstruo de la tecnología moderna levantó la vista al verme y me dijo con tono solemne: “Me llamo Violeta y tengo 78 años." Yo tengo 37 y debo admitir algo avergonzada que casi parecíamos de la misma edad. "Yo soy Ana," me presenté. Y te juro que me faltó bien poco para preguntarle allí mismo si acababa de cargarse a mi tía, sorbiéndole la poca vida que le quedaba, para poder seguir manteniéndose tan joven, pero Violeta rompió el hilo de mis pensamientos soltándome: "Me voy a morir pronto y me gustaría que alguien supiera mi historia antes de estirar la pata. ¿Te gustaría oírla?" Lo dijo como si aquello fuera lo más natural del mundo. Y lo es. Todos la palmamos tarde o temprano, pero, hombre, preferimos no hablar de ello. Entonces ella añadió: "Porque no creo que tu tía te guarde rencor por saltarte la visita de hoy, ¿no es cierto?" De modo que, sin más, tomé asiento junto a ella, diciéndome que si me aburría no tenía más que buscar cualquier excusa para largarme. Y quién sabe, quizás hasta me diera material para acabar esa novela rosa que empecé en el instituto y que tengo olvidada en algún cajón.
Empezó enseñándome una foto antigua de dos gemelas en plena edad del pavo. "Somos mi hermana y yo", me dijo. "Rosa murió de cáncer hace dos meses." Me apresuré a decirle que lo sentía, pero ella me hizo una señal como para indicarme que no la interrumpiera con tonterías. "¿Has oído todo eso de que hay una conexión especial entre los gemelos, una especie de vínculo sobrenatural que nos hace sentir lo que el otro siente o anticiparnos a sus pensamientos?" Al parecer, Violeta y Rosa nunca habían tenido eso. Lo único que habían compartido durante sus vidas era el útero materno y un odio mutuo que se tradujo en la muerte de la madre durante el parto, cuando las dos luchaban por ver quién conseguía salir primero de allí. Rosa se llevó el premio en aquella primera carrera, pero hubo muchas otras. Desde su nacimiento, aquellas dos hermosas flores no hicieron más que competir para demostrar quién era la mejor: como si la vida entera fuera una olimpiada pero a lo bestia. Lo primero fue ver quién aprendía a gatear primero y más rápido, luego aprendieron a caminar y volvieron loco a su padre, que las perseguía por toda la casa tratando de que no se rompieran la cabeza. El pobre se volvió a casar con una vecina, pero las dos gemelas necesitaron apenas un par de meses para conseguir que la mujer les abandonara a causa de una crisis nerviosa. Su padre no volvió a casarse ni a sonreir. Cuando aprendieron a hablar, el hombre pensó que sus continuos gritos y discusiones iban a ser su fin, pero, por suerte para él, cuando las niñas empezaron a ir al colegio, trasladaron allí el campo de batalla, convirtiendo a su hogar en una especie de santuario, lo que vendría a ser una iglesia para los vampiros. "Sí, un poco vampiras sí que éramos las dos" me dijo Violeta soltando una risita que me dio escalofríos. En las clases de su colegio de monjas competían por ganarse la simpatía de sus profesoras y por sacar las mejores notas; durante los recreos, donde pronto lideraron sus respectivos grupos de amigas, no perdían ninguna oportunidad para demostrar lo buenas que eran jugando a la comba, al burro, al escondite, a las chapas, o a lo se terciara. Los años pasaron como un suspiro y cuando quisieron darse cuenta, ya estaban a las puertas del bachillerato. El instituto, que les hizo sentir como dos pueblerinas llegando a la gran ciudad, les abrió las puertas a un mundo nuevo lleno de posibilidades. Allí todo era más grande y tuvieron que afanarse por hacerse un hueco entre los alumnos más populares. Evidentemente las dos hermanas lideraban el grupo de "porristas" del equipo de fútbol del instituto y se enamoraron perdidamente de Pablo, el capitán del equipo de fútbol, que era guapo pero tan tonto que ni siquiera conseguía distinguirlas. De hecho, cuando años más tarde se casó con Violeta, pareció enormemente contrariado cuando el cura pronunció el nombre de la novia. Rosa se casó tan sólo unos meses más tarde con un médico de renombre del que nunca había estado enamorada. Pese a que ambas hermanas no tardaron en tener unos perfectos vástagos, no se conformaron con ser amas de casas, como la mayoría de sus amigas, sino que consiguieron hacerse un hueco en el mundo laboral, donde destacaron en sus respectivos campos: Violeta se convirtió en una reputada escritora de novelas policíacas, mientras que Rosa se metió de lleno en el mundo de la alta costura. Con el tiempo se fueron distanciando y sólo se veían un par de veces al año en casa del padre, al que seguían tratando de demostrar en cada ocasión quién era la más guapa, quién tenía los hijos más monos o en qué casa entraba más dinero. "Yo creo que a mi padre nunca le quisimos... " me comentó Violeta suspirando. "En contra de su voluntad, le habíamos convertido en árbitro de nuestros partidos..." El pobre hombre murió de un cáncer de próstata a los sesenta y pocos. La vida había sido tan perra con él que ni siquiera le había dejado disfrutar durante unos años de su merecida jubilación. "Pero la muerte de mi padre, " me confesó Violeta, "no significó nada para mí en comparación con ese trágico día en que me enteré de que Pablo me estaba poniendo los cuernos con Rosa. A mí que mi marido me engañara, me daba igual. Siempre le había considerado un musculitos descerebrado y sólo me había casado con él para demostrarle a mi hermana que podía ganarle en lo que quisiera. Sin embargo, me dolió comprobar que, en el fondo, Pablo siempre la había preferido a ella." Tras divorciarse de aquel imbécil, Violeta se casó con el dueño de una cadena de centros de belleza, el cual insistió en experimentar con ella las técnicas de estética más avanzadas. No hubo parte de su cuerpo que no pasara por una meticulosa puesta a punto.... "Una noche me levanté para ir al baño a mear," me comentó. "Y andaba tan dormida que al verme en el espejo no me reconocí. No te puedes imaginar el susto que me lleve, querida. Esa mujer fantástica no podía ser yo... Pero lo era, desde luego que lo era."
Según Violeta, aquella transformación sufrida por ella las había sentenciado definitivamente como gemelas. Las dos hermanas ya no tenían en común ni el parecido físico: se habían convertido en unas auténticas desconocidas y vivieron como tales durante los años que siguieron. Hasta que hace apenas cuatro meses Violeta supo, por unos conocidos, sobre la gravedad de la enfermedad que sufría Rosa. De buenas a primeras, descartó la idea de ir a visitarla, pues sabía que no sería bienvenida. Pero la curiosidad la pudo y terminó acercándose al hospital donde estaba ingresada. Encontró lo que quedaba de ella postrada en la cama de una habitación que compartía con otra señora que parecía dormir plácidamente. Violeta no dudó en presentarse como una pariente de aquella desconocida. Rosa y Pablo, que estaba sentado a su lado agarrándole la mano, la saludaron amablemente sin reconocerla. "Los dos tenían aspecto viejo y desgastado," me dijo Violeta. "Se hablaban en voz baja sin contarse nada. Repasé mentalmente algunos capítulos de nuestras vidas, mientras les observaba en silencio. Pensé en mi madre, a la que nunca había conocido, y en mi padre, al que nunca quise. Luego salí al pasillo, agobiada por aquel ambiente tan lleno de muerte y decadencia. Cuando sacaba un cigarrillo de mi bolso, Pablo se me acercó para ofrecerme fuego con su encendedor cutre y empezó a coquetear conmigo. Me pareció realmente patético, a su edad..." Tras dedicarme una sonrisa amarga, añadió: "Mientras fumaba, Pablo me explicó los pormenores de la larga enfermedad de Rosa. Tras echar una última mirada a mi hermana, que se había dormido, me apresuré a despedirme de mi ex-marido sin darle mi número de móvil, pese a que había insistido varias veces para que se lo diera. Mi hermana murió apenas unas semanas después."
Y allí estaba Violeta, que aún pareciendo más sana que una manzana, me aseguraba que estaba a punto de emprender viaje al otro Barrio. Le pregunté si me había contado todo aquello porque se arrepentía de la vida que había llevado. "No, guapa. Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho a lo largo de mi vida... Ayer por la noche tuve un sueño extraño que me hizo comprender que allá donde esté Rosa (llámalo Cielo, Infierno o Purgatorio), me lleva dos meses de ventaja en la carrera. Pero aún estoy a tiempo de alcanzarla... Necesitaba que alguien como tú lo supiera. Ni Pablo, ni mi marido, ni siquiera mis hijos lo iban a entender."
Fue en ese preciso instante cuando me percaté de que ninguna de las dos había abierto la boca durante toda aquella conversación. Ella se rió entonces y me dijo que me haría un regalo que esperaba que yo supiera apreciar. "En cuanto a ese médico del que estás enamorada," añadió Violeta ante mi estupefacción. "Olvídate de él. Nunca se interesa por mujeres con pechos pequeños..." y a continuación me hizo un gesto para que me marchara de allí. Sin saber muy bien por qué, me incliné sobre ella para darle un beso de despedida y me fui sin mirar hacia atrás. Aquella tarde me salté la visita a mi tía y cuando su médico pasó junto a mí, le dediqué una mirada llena de desprecio que le dejó algo descolocado.
Ayer volví al hospital a ver a mi tía Pepa, que volvía a ocupar su habitación de costumbre. La encontré tomándose la merienda por sí sola. Me dijo que había ocurrido un milagro, que nadie se explicaba cómo se había podido recuperar de aquella forma en apenas una semana. Embargada por la emoción, la estreché entre mis brazos, tras lo cual la puse al tanto de todas las novedades de la familia. Me di cuenta entonces de lo mucho que la había echado de menos sin siquiera darme cuenta y, aunque te suene a locura mía, estuve completamente segura de que Violeta le había traspasado a mi tía toda su energía vital para que pudiera recuperar su vida al tiempo que la otra, una vez desprendida de la carga del cuerpo, viajaba en un express hacia el otro mundo. Sí, supe por las enfermeras, que, inexplicablemente, Violeta había muerto la noche siguiente a nuestro encuentro. Siempre conseguía lo que quería.
A propósito, ¿tú qué crees? ¿Debería operarme los pechos?

3 de agosto de 2008

Los buzones también tienen su corazoncito


Durante ese breve pero intenso período de transición entre los tiempos en que todos los males se achacaban al Calentamiento Global y esos otros en que se culparía de todo a la Crisis, en mi edificio cochambroso dejamos de recibir correo. Hombre, no era algo muy grave. Peor hubiese sido quedarnos sin teléfono. Y tiemblo sólo de pensar en lo que podría haber ocurrido si nos hubiesen quitado internet. Supongo que aquello habría sido el principio de una revolución con mayúsculas. Habríamos asaltado la casa del presidente si hubiese sido preciso: nadie podía privarnos del derecho a navegar por los anchos mares del ciberespacio. Pero el correo tradicional era otra historia, ¿a quién podía importarle?
Día tras día, al regresar del trabajo, me empeñaba en examinar la boca de mi buzón, que no me traía más que propaganda. No es que me importaran las facturas: podía prescindir de todas y cada una de ellas. Pero del paquete no. Esperaba un libro de gramática japonesa que habían tenido el detalle de enviarme desde el extranjero. Pero ni acababa de llegarme ni se lo devolvían al remitente. Me lo imaginaba vagando por una especie de universo paralelo donde la gente leía del revés, pidiéndome a gritos que lo rescatara de sus garras.
Haciendo acopio de valor, me atreví a preguntar sobre el tema a un par de vecinos, esos grandes desconocidos que habitualmente eran sombras silenciosas con las que el contacto era nulo. Vivir en el mismo edificio no implicaba que te saludaran, ni que te dejaran azúcar si se te había acabado cuando estabas a punto de hacer un pastel. La mitad de ellos eran extranjeros y no me entendían, ni hacían ningún esfuerzo por entenderme. Los demás me miraban como si no me vieran, o como si pudieran atravesarme con la mirada y miraran siempre más allá. La vieja del 1º D y el tipo raro del 2º B llegaron a admitir que tampoco recibían correo desde hacía varios meses, pero cuando les sugerí que reclamáramos todos juntos para hacer un poco más de fuerza, se encogieron de hombros y volvieron a ocultarse en sus agujeros misteriosos.
Un día en que volvía especialmente cabreada del trabajo, me acerqué a la oficina de correos para pedir explicaciones. La señorita de gafas de pasta que me atendió, mascaba desganaba un chicle de fresa al otro lado del mostrador. Dejó que me desahogara relatándole mis penas y luego me sugirió que llamara por teléfono al día siguiente para hablar con el encargado. Me dio a entender que cambiaban continuamente de personal y que los carteros nuevos tardaban un tiempo en habituarse, lo que podía explicar la pérdida de correspondencia o la absoluta falta de ella. Lo dijo como si fuera lo más natural del mundo y pensé que si se ponía a hacer un globo con el chicle, era capaz de estampárselo contra la cara. Pero por suerte no hubo globos y pude salir de allí sin pringarme las manos.
Al día siguiente volví a explicarle el problema a un tipo que parecía que tenía una patata caliente en la boca. "Lo lamento, señorita," me dijo al darle mi dirección. “Es que el cartero de su zona es malísimo. Tiene siete calles a su cargo y no es capaz de hacer más que una al día. Pero no se preocupe, que, en cuanto nos sea posible, se lo cambiamos por otro mejor.” “Pero,” le contesté sin poder creer lo que me estaba diciendo. “¿Dónde están mis cartas?? Esperaba un paquete del extranjero, ¿dónde está?” A lo que el señor se ofreció amablemente a buscar en su almacén por si encontraba algo que me perteneciera. Sorprendentemente me llamó unos minutos más tarde. Pero fue para decirme que no tenían nada para mí. Me sugirió que hiciera una reclamación por escrito, cosa que hice aquella misma tarde.
"No insistas" me dijo mi buzón una semana después. "No vas a encontrar ni publicidad. Por tu culpa, nos han puesto en la lista negra. No te bastó con ir a correos o llamar por teléfono. Tuviste que poner una queja por escrito, ¿qué te esperabas? Tú al menos tienes internet, pero, ¿qué me queda a mí? ¡Mi vida ha dejado de tener sentido!!" Tras lo cual lloraba amargamente durante unos breves segundos, hasta que parecía olvidarse. Luego callaba repentinamente y volvía a comportarse como un buzón. Cuando abría su boca por las tardes no sabía si me daba más miedo toparme con aquel vacío sobrecogedor o tener que aguantar los lloriqueos de un buzón depresivo.
Unos días más tarde, al volver de la compra me crucé en las escaleras con la vieja del 1º D. Como de costumbre, miró hacia el suelo para esquivar mi mirada y ni se dignó a saludar, porque en aquel edificio no se llevaba. Le dije un “hola” por fastidiar, pero debí de conmoverla con mi gesto, pues levantó la vista y me anunció con una sonrisa tímida que el día anterior había recibido correo. De modo que el cartero existía y era incluso capaz de llegar hasta nuestro portal y hacer su trabajo. Le agradecí la información y me apresuré a pedirle explicaciones a mi buzón, que no me había dicho nada al respecto. “Sí, ha dejado cartas en todos los buzones, menos en el tuyo. Porque estamos en la lista negra, ya te lo dije. O porque eres una desgraciada y nadie te quiere, como a mí…” Y, como ya venía siendo su costumbre, rompió a llorar.
La vida siempre es injusta pero hay veces que una no puede dejarlo correr. Aquí ya no se trataba de recuperar mi libro de gramática japonesa, que debería arreglárselas sin mí en su universo paralelo, sino de salvar la autoestima de mi buzón para que no acabara volviéndome loca con sus berrinches. Pagar a un psiquiatra para que le ayudara a superar su trauma estaba fuera de cuestión, sobre todo porque a la que iban a acabar internando por lunática era a mí. Tampoco creía que accediera a seguir un curso de reciclaje que le permitiera cambiar de profesión. Al fin y al cabo, un buzón nunca sería más que un buzón. No, me dije. Aquel cartero iba a volver a traerme cartas costara lo que costara.
Me inventé una gripe para poder escaquearme del trabajo unos días, durantes los cuales me quedé en casa, apostada junto a la ventana del salón, esperando a que aquel tipejo de la moto rosa y el uniforme gris hiciera su aparición. No vino ni el primer día, ni el segundo, ni el tercero… Tras el viernes llegó el fin de semana y luego un nuevo lunes. Para entonces, el estado de mi buzón había empeorado: hablaba solo, incomodando a mis vecinos, que miraban de reojo a su alrededor desconfiados. Porque como eran poco imaginativos, si oían una vocecilla desvariando, lo último que podían pensar era que procediera de uno de los buzones.
Por fin, una mañana de martes oí el ruido inconfundible de su moto. Me apresuré a bajar las cuatro plantas que me separaban del portal y me faltó poco para tirar toda la compra que traía una señora morena a la que no había visto en mi vida. Apenas pude detenerme para pedirle disculpas y seguí con mi carrera mientras la oía llamarme “imbécil” y otras cosas más que no llegué a oir. Me había quedado con su cara, ya me las pagaría en otro momento. Para cuando llegué abajo, ya no había rastro del cartero ni de su moto rosa. Cuando me disponía a volver a mi piso, sin aliento y bastante desanimada, el buzón del 4º A, que debía de simpatizar con mi causa, me dijo que sabía dónde podía encontrarle. “Le llamaron al móvil mientras dejaba las cartas” me comunicó. “Dentro de una hora se va a encontrar con un amigo en el bareto de la esquina.” Le di las gracias y cuando me alejaba le oí decirme que no lo hacía por hacerme un favor, sino porque estaba harto de tener que oir los monólogos de mi buzón. "¡Ya nos está hartando a todos!"
Y allí estaba yo tres cuartos de hora después, en aquel bar de mala muerte, repleto de viejos que me miraban de reojo como si fuera una extraterrestre que había aterrizado en su planeta con olor a rancio y a tabaco. En la tele tenían puesta una telenovela latinoamericana que no conocía y me quedé mirándola embobada mientras sorbía un refresco. Pensé que quizás me diera alguna idea sobre cómo abordar al cartero. Porque me había embarcado en aquella loca aventura sin tener ningún plan de acción. Si había que ligárselo, yo me lo ligaba. Estaba dispuesta a lo que fuera. Pero así, en pleno día, en aquel bareto, con aquel ambiente tan poco propicio... O quizás fuera mejor darle una paliza allí mismo y amenazarle con matarle si no me traía cartas a partir del día siguiente. Salvo que era probable que la paliza acabara propinándomela a mí. O podía ponerme a llorar desconsoladamente e implorarle de rodillas que me quitara de la lista negra. Porque mi buzón no le había hecho nada. Sí, eso me parecía lo más adecuado. Me daba igual hacer el ridículo delante de todos aquellos jubilados, de los camareros e incluso de los venezolanos de la serie.
El cartero, que llegó con quince minutos de retraso, entró solo en el local. Se sentó en la mesa de al lado y con un gesto apenas perceptible le dió a entender al camarero que quería lo de siempre. Era un tipo algo desaliñado que rondaría los treinta y cinco años. Tras quitarse la gorra, que dejó al descubierto una incipiente calvicie, pasó la mano por su frente sudorosa y se me quedó mirando unos segundos que me resultaron eternos. Me di cuenta cómo se me subían los colores y, al bajar la mirada avergonzada, pensé que mi falda celeste se iba a poner perdida con el suelo de aquel tugurio. Pero si había que arrodillarse, una se arrodillaba. Sin embargo, para cuando al tipo le habían servido la cerveza, yo seguía indecisa. Fue entonces cuando se volvió hacia mí y me sorprendió diciendo con un perfecto acento tokiota: “Hajimemashite. Watashi wa Ruisu desu. Ogenki desu ka.” Tras lo cual soltó una carcajada que pareció detener el tiempo en aquel lugar. No sólo tenía la desfachatez de admitir que se había quedado con mi libro de gramática japonesa, sino que incluso había querido dejarme bien claro que ya se había estudiado la primera lección del mismo. Pensé en contestarle con algunos verbos de la lección once de mi manual, pero, como de costumbre, me quedé bloqueada. Los exámenes orales nunca habían sido mi fuerte. Así que continuó él, en castellano: “Me han dicho que tienes problemas con tu buzón...” a lo que asentí al tiempo que observaba el anillo hortera que llevaba en su dedo corazón y me compadecía de su mujer, que debía de ser una santa. A continuación me dio a entender, de forma muy sutil, que había que motivarle para que nos trajera el correo. Que en mi edificio todos le habían conseguido motivar ofreciéndole una pequeña suma de dinero y que yo no iba a ser menos. Me pregunté si estaría conchabado con el buzón del 4º A, que me había mandado a aquel bareto. Quise saber de cuánto dinero me estaba hablando y procedió a detallarme las tarifas. Por un módico precio, contraté ahí mismo una tarifa especial que me garantizaba la entrega de mis facturas, de toda mi correspondencia personal, más un extra de su propia cosecha que consistía en la entrega de postales del extranjero, que sabía que le harían mucha ilusión a mi buzón. Me garantizaba un mínimo de una postal por semana, cambiando el tipo de letra y escritas en diversos idiomas. “Si dejas que me quede con tu libro de japonés, te puedo hacer un descuento adicional” concluyó. Cerramos ahí mismo el trato y aunque sabía que acaban de sobornarme, no me sentía más estafada que cuando había contratado el ADSL con mi compañía telefónica. Cuando salí del bar, para el cual el tiempo había vuelto a correr, llevaba puesta la sonrisa tonta de una clienta que acababa de satisfacer su ansia de consumismo. Al entrar en mi portal, el buzón del 4º A me guiñó el ojo y el mío nos miró con la desconfianza de un novio celoso. Sin darle mayor importancia, pensé en que muy pronto volvería a ser el mismo de antes y subí las escaleras silbando. Entre el segundo y el tercer piso, me volví a cruzar con la vecina morena que me había insultado un rato antes y que evidentemente ya no me recordaba. Se presentó tímidamente, tras explicarme que era nueva allí. A continuación me preguntó si podía dejarle un poco de azúcar para un pastel que estaba haciendo. Le asentí sonriendo y me apresuré a entregarle un paquetito que aceptó agradecida. Mientras se alejaba, recé para que no se percatara de que aquello era sal y desee que se atragantara con aquel pastel mientras se acordaba de esta imbécil.

17 de julio de 2008

Cuando dejé de llamarme Leo...

Dedicado a la gente de Locos por el Arco

Las cosas se me torcieron hace unas diez semanas. Mis colegas me dejaron atrás sabiendo que aquello sería mi perdición, pero no les culpo por ello. Después de todo, hace años que aquí lo que impera es el "sálvese quién pueda". Nadie pone en duda mi gran habilidad con el arco, pero en las distancias cortas no te sirve de mucho. Me hubieran hecho falta la navaja de Rodri, la espada de Lorena, o la pistola de Javi. Pero ellos eran precisamente los que corrían calle arriba sin mirar atrás y pronto desaparecieron de mi vista dejándome a merced de los Sin Techo, para los que fui presa fácil. No tardaron ni un minuto en abalanzarse sobre mí y poco después perdí el conocimiento a consecuencia de la paliza que me propinaron. Cuando desperté, apenas llevaba lo puesto. Y ya podía dar gracias. Porque desde mi piso había podido ver a más de un desgraciado caminando calle abajo en cueros. Eso sí que debía de ser una putada. Me preguntaba quién de ellos se habría llevado mis cosas, empezando por el arco. Fijo que ya habría encontrado mi piso y se habría adueñado de todo: de la propia casa, los electrodomésticos, los amigos... e incluso de mi novia. Bueno, Ana, que siempre ha estado en las nubes, no creo que ni note la diferencia. Quizás un día le llame Leo por error y cuando él le diga que no, que se llama de esta otra forma, ella caiga en la cuenta de que una vez tuvo un novio llamado Leo. Y hasta se preguntará desconcertada qué pudo haber sido de él, es decir, de mí. Pero pronto se aplicará ese "a otra cosa mariposa", que se le ha dado siempre tan rematadamente bien, y me mandará a la papelera de reciclaje sin pensárselo dos veces. Tampoco se lo reprocho: nunca le presté demasiada atención.
En resumidas cuentas, que ahora soy un Sin Techo cualquiera. Sólo que siendo uno de ellos, por más buenos que sean esos otros que un día fueron colegas tuyos, no dudas en tacharles de malos ahora que estás en el equipo contrario. Porque, sin saber cómo, tú siempre tienes que estar en el bando de los buenos. Es decir, ahora los malos son los buenos y viceversa. En fin, que si es lioso para vosotros, imaginaos para mí. De la noche a la mañana te encuentras con que duermes debajo de un puente y andas al acecho de esos otros que hacen pequeñas incursiones para aprovisionarse. Ese es su problema, su debilidad. Siempre tienen que acabar bajando y tú les esperas aquí con el arco, la flecha, o lo que tengas más a mano. Para arrebatarles todo y volver a escalar esos puestos en la sociedad, que te permitan vivir en el mundo de arriba, donde la gente tiene piso, familia, electrodomésticos... y todas esas cosas que hacen la vida un poco más soportable.
El hecho es que hace unos 8 años las cosas dejaron de ser como siempre habían sido. Hubo un antes y un después de algo a lo que llamaron "el accidente", cuyos detalles nadie de por aquí conoce. Sólo que el antes parece tan irreal ahora que ni siquiera puedo creer que fuera otra cosa que una película de ciencia ficción. De un día para otro pasamos de estar en el Primer Mundo a estar en el Cuarto o el Quinto. Incomunicados, sin electricidad ni agua corriente... Lo impensable. Te acomodas a un tipo de vida y eres incapaz de pensar que un día las cosas pudieran haber sido diferentes o que puedan cambiar. Luego cambian y siempre es una sorpresa desagradable para la que no estás preparado. Pero te acabas adaptando.
Por algún motivo, decidieron dejarnos a nuestra suerte. Toda forma de autoridad desapareció sin dejar rastro. Evidentemente, ha habido muchos rumores al respecto. Unos dicen que hemos sido víctimas de una epidemia y que han puesto a la ciudad en cuarentena permanente. Otros afirman que están experimentando con nosotros, que sólo quieren averiguar cuánto tiempo tardaremos en eliminarnos los unos a los otros. La falta de tele nos ha vuelto unos salvajes, no porque nos educara, sino porque el tedio te puede llevar a hacer auténticas barbaridades.
Si hemos subsistido todos estos años es gracias a los chinos. No sé cómo se lo han montado, pero ellos siguen funcionando como si nada hubiese pasado. Sus todo a lo que sea, sus restaurantes, sus mafias, sus dvds pirateados, sus adornos horteras... y sobre todo esos platos solares que ponen en marcha nuestros viejos electrodomésticos y equipos electrónicos, que son el único lujo que nos queda a unos pocos. Los edificios de la ciudad, viejos y decadentes, aparecen plagados de sartenes de todos los tamaños y colores que cuelgan de balcones y ventanas, como brazos tratando de atrapar la ansiada energía solar.
Aquí vivimos o morimos como podemos. Robando de aquí y de allá para poder pagar a los chinos, convirtiendo nuestras casas en pequeños fuertes. Asaltando los de otros y protegiéndonos de los Sin Techo, que no se sabe de donde han salido, pero que son muy numerosos. Ya no te atreves ni a salir a la calle y las pocas veces que lo haces, sales armado y nunca solo. Rodri, Lorena, Javi y yo éramos el Cuarteto de la Muerte. Cuando salíamos de casa, armados hasta las cejas, parecíamos unos putos super héroes. Si hasta me lo llegue a creer y todo. Que éramos invencibles. Pero hace diez semanas todo aquello pasó a ser historia: el hecho era que estaba en la calle y que otro estaba ocupando mi lugar. Pensé que tenía que intentar recuperar mi vida a costa de lo que fuera. Pero para poder hacerlo tenía que agenciarme otro arco, así que tuve que buscarme un curro.
Tras superar un complicado proceso de selección de personal, me puse a trabajar fregando platos en un restaurante chino. Trabajaba doce horas diarias y me sentía un poco explotado, pero pensaba que el fin justificaba los medios y me tragaba mi orgullo. Claro que con esa mierda de sueldo que ganaba, no podía aspirar a un Tomahawk como el que me había regalado mi abuelo. Mucho antes de perder la chaveta en un geriátrico donde afirmaba que hacía viajes en el tiempo desde la ducha de su cuarto. Tendría que apañármelas con un arco de plástico del súper chino con el que disparar los palillos del restaurante. Pero soy tan increíblemente bueno que incluso bajo condiciones adversas puedo armarla bien gorda. En mi escaso tiempo libre me dedicaba a observar los movimientos del impostor desde la acera de enfrente. El nuevo Leo ni siquiera se me parecía, pero no eso no suponía ningún problema para nadie. Y menos para Ana, que parecía más enamorada que nunca. Reconozco que hasta me dolió un poco.
"Es enfermizo", me dijo Laura, mi compañera de trabajo. "Olvídate de lo que eras y sigue con tu vida."
Pero aunque sabía que tenía razón, no podía quitármelo de la cabeza. Encima el muy capullo hasta hacía sus primeros pinitos con mi Tomahawk. Practicaba disparando a los gatos del edificio de enfrente. Hirió a varios de ellos, antes de que escarmentaran y decidieran mudarse a otro tejado. Lo cierto es que cada vez que le veía tensar mi arco, se me revolvía el estómago.
No son mala gente los Sin Techo. Sobre todo una vez que aprendes a pasar por alto sus defectos físicos. A unos les sobran dedos, a otros les faltan brazos y los hay que tienen tres ojos. Laura, que parece que tiene todo en su sitio, está hasta buena y todo. Como la mayoría de ellos, no tiene pasado. O no quiere tenerlo porque fue incluso peor que esta pesadilla en la que trabaja como una esclava para acabar durmiendo debajo de un puente.
Cuando se dió cuenta de que no cejaba en mi empeño por recuperar esa otra vida de la que tanto hablaba, se ofreció a echarme un cable. Me presentó a sus amigos y me propuso unirme a ellos: Linsai, el camarero chino aficionado a las artes marciales; Miguel que afirmaba que era un hacha con el cuchillo, pero que no era capaz ni de cortarse un filete; la propia Laura que se me presentaba como campeona de lucha libre... y yo mismo, que acababa de bautizarme como Unai para diferenciarme del otro, con mi flamante arco de plástico rosa. Éramos como el Cuarteto de la Muerte, pero en malos. No por ser unos Sin Techo, sino por lo patéticos que resultábamos. No teníamos ropa chula, teníamos enormes ojeras por la falta de sueño y éramos lentos en nuestros movimientos. Propuse algunas actividades para mejorar nuestro rendimiento, pero todo el mundo se saltaba los ensayos. Les dije que si nos cruzábamos con el auténtico Cuarteto de la Muerte, liderado por el falso Leo, nuestra mejor y única opción iba a ser echar a correr como locos. Los demás parecían más optimistas y al poco propusieron una primera salida para ponernos a prueba. Estaban tan emocionados como si fuéramos un grupo de rock que iba a tener su primer bolo. Yo sólo me esperaba abucheos y alguna que otra hortaliza. Y, sin embargo, no nos fue tan mal. Claro que atacamos a un pobre desgraciado que había bajado solo y armado con un simple bate de béisbol. Le quitamos dos o tres cosas por llevarnos algún trofeo y le dejamos que volviera con su familia. Después de todo, no éramos tan malos. Nuestros siguientes ataques fueron algo más espectaculares y nos fuimos haciendo un nombre en el barrio. La gente nos saludaba por la calle y hasta nos pedían autógrafos. Por las noches soñaba una y otra vez con ese combate mortal que debía enfrentarnos a Leo y sus secuaces. La mayoría de las veces nos machacaban, otras huíamos despavoridos y en algunas ocasiones, pero pocas, incluso ganábamos. Entonces desenmascaraba al impostor, recuperaba mis pertenencias y Ana me imploraba perdón entre sollozos: no entendía cómo había sido incapaz de confundirme con el otro. Si ni siquiera nos parecíamos. Pero yo me daba el gustazo de echarla a patadas de casa y me traía en su lugar a Laura, con la que veía un screener desde mi viejo portátil con autonomía de media hora. Me encantaba ese sueño.
Como todas las cosas importantes, el gran día llegó sin previo aviso. Esa mañana fui a trabajar igual que siempre. Bromeé con Linsai cuando entré por la puerta del restaurante y Miguel, que trabaja de pinche, me contó un chiste muy malo tras el cual tuve que fingir una risa estúpida. Laura, más callada que de costumbre, me sonreía desde su fregadero. A medianoche los cuatro nos encontramos en la parte de atrás, como de costumbre, y decidimos ir a dar una vuelta. Las calles oscuras sólo estaban iluminadas por la luz de la luna y alguna que otra fogata en torno a la cual se reunían sombras silenciosas. Entonces les vimos. Y ellos a nosotros. Ocho figuras dispuestas a saltar unas sobre otras hasta matarse. Durante unos segundos largos nos observamos desde la distancia. Como si pusiéramos en duda si el sacrificio valía la pena. Pero el falso Leo lo rompió lanzando una de sus flechas. Fue directa al corazón de Miguel, que cayó al suelo como un saco de patatas. Laura, que rescató su cuchillo del suelo, lo lanzó con tal rabia, que tuvo el acierto de inhabilitar el brazo con el que Javi disparaba. Javi, la de pulsos que le habré echado a su brazo. Lleno de una ira totalmente irracional, vació el cargador disparando con la mano izquierda. Evidentemente no hizo ningún blanco y salió de allí corriendo entre sollozos. Rodri y Linsai se enzarzaron en una pelea. Y Laura se atrevió a enfrentarse a Lorena, pese a que llevaba todas las de perder. Mi arco de mierda se quebró tras lanzar tres palillos. Dos de ellos fueron a parar a la frente de Leo y de ahí al suelo. El tercero se clavó en su ojo izquierdo. Pensé que eso debía de haber dolido, pero el tipo ni se inmutó. Me miraba con una mezcla de desprecio e ira. Sabía perfectamente quién era yo y que su única salida era aniquilarme. Tiró el arco al suelo y se me abalanzó encima, igual que la primera vez. Sus brazos rodearon mi cuello con fuerza, quitándome el aire. Traté de zafarme, pero sentía que me ahogaba y pensé en dejarme llevar. Total, era un viaje que a todos nos tocaría hacer tarde o temprano. Sin embargo, cuando pensaba que estaba llegando mi fin, sus brazos perdieron fuerza de repente y me vi liberado de ellos sin saber ya si aquello era malo o bueno. Miré desconcertado a mi alrededor y por un momento no pude dar crédito a mis ojos. Mi abuelo estaba de pie junto a nosotros y sujetaba aún en la mano la piedra con la que había derrumbado a aquel coloso. Me ayudó a reincorporarme y mientras me abrazaba creí volver a ser ese niño al que le acababan de regalar aquel Tomahawk que le venía tan grande, mucho antes del accidente y de tantas otras cosas. Cuando me recompuse le dije que me alegraba saber que nunca había perdido el juicio. "¿Qué tal es eso de viajar en el tiempo?" le pregunté. "No está mal," me contestó, "pero personalmente me siento más cómodo viajando hacia el pasado. Así que no esperes verme de nuevo. Sólo quería que recuperaras tu arco. Ahora ya puedes seguir con tu vida, Leo." Había estado a punto de decirle que ahora me llamaba Unai, pero no lo hubiese entendido. Al poco desapareció y ya no estuve seguro de si aquello no había sido más que una alucinación fruto de la conmoción. Sin embargo, la piedra seguía ahí, junto a la cabeza de Leo. Yo sujetaba mi arco con fuerza y miraba embobado sin saber qué hacer. "Toma," me dijo Laura surgiendo de la nada. "Aquí tienes tus llaves, ya puedes volver a casa. Era lo que querías, ¿no?" Un hilillo de sangre le caía por la frente. La peor parte se la había llevado Lorena, que yacía en el suelo, inconsciente. Linsai se nos acercó cojeando al oir la voz de Laura.
"No," le dije. "Ya tengo todo lo que quería. No voy a volver arriba."
Linsai se ha quedado con mi piso y con mis cosas. No creo que se haya quedado con Ana porque a él no le van las mujeres. Habrá llenado la casa de amigos chinos, de adornos horteras y se pasará las horas muertas viendo pelis mal grabadas o haciendo karaoke.
Laura, algunos fans y yo hemos decidido irnos de la ciudad. Por algún lado tiene que haber una frontera que cruzar y que nos lleve de vuelta al mundo del que proveníamos. No estamos enfermos y no queremos seguir viviendo en nuestra propia tumba. Quizás muramos en el intento, pero nadie nos podrá reprochar el no haberlo intentado. Lo único que tengo claro es que sólo la muerte podrá volver a separarme de mi arco. No quiero que mi abuelo tenga que volver a viajar hasta aquí para devolvérmelo.

9 de julio de 2008

Sobre seres bajitos...


Cuando tenías un problema en casa, te comprabas un arbitrón. Es lo que decía el anuncio de la tele. Así que papá y mamá se compraron uno. Porque tenían problemas: no se querían. O quizás sí, pero no sabían decírselo. Es decir, se lo decían, pero a gritos. Y los gritos nos asustaban, porque mis hermanos y yo éramos pequeños. Yo era la mayor. Luego iban Iván, Marcos y la pequeña Simone, con nombre de artista francesa. Según mamá, no podías llamarte Simone en España sin terminar siendo famosa. Y ella sí que entendía del tema. Porque para fanáticos de "Operación Triunfo" primero ella y luego todos los demás. Ya era tarde para que mamá triunfara porque estaba vieja, pero Simone, que llevaba puesto nombre de estrella, sí que podría. Y el arbitrón también. Tenía que triunfar para que mi familia no se partiera en mil pedazos.
Mis papás compraron el que se parecía a "David el Gnomo". Yo les dije que no, que se compraran el dragón. Pero ellos insistieron en que tenía que ser el enano del sombrero rojo y picudo. Lo colocaron en el comedor porque, según las instrucciones, había que ponerlo en un lugar estratégico, desde el que pudiera presenciar el mayor número de broncas posibles. Si lo ponías en el lavadero, por ejemplo, podría controlar los ciclos de lavado de ropa, pero no se iba a enterar de nada cuando discutieran. Ni aunque lo hicieran a gritos. Así que al comedor. Una vez elegido el sitio, nada de moverlo. Porque te arriesgabas a que perdiera su grado de objetividad. Es decir, todos la terminaban perdiendo al cabo de unos seis meses. Estaba comprobado que era el tiempo que tardaban en tomar partido por uno de los dos contendientes. Entonces, a la basura. Pero no era cuestión de que se nos caducara antes. Con lo caro que nos había costado. Por eso yo había insistido en lo del dragón, porque cuando no sirviera más como mediador podría haberlo sumado a mi colección de juguetes. Pero al gnomo feo, no. Por mí que se pudriera en algún vertedero junto al resto de los arbitrones obsoletos.
El gnomo nos miraba desde lo alto de la repisa del comedor, con esa sonrisa de plástico que me daba escalofríos. Una lucecilla azul, que nunca se apagaba, indicaba que estaba en funcionamiento, la verde que había detectado una discusión y la roja que ya se había decidido por uno de los dos bandos. Eso decían las instrucciones. Las leyó papá, delante de todos.
Nuestro David no tardó en estrenarse como árbitro en uno de esos partidos que enfrentaban de continúo a mis padres. Lo recuerdo perfectamente. Papá y mamá discutiendo acaloradamente, mientras él observaba, imperturbable. Y nosotros cuatro espiando desde la puerta de la cocina. Para ver qué pasaba, por quién se decantaba, cómo sería la reacción del ganador, la del perdedor... En fin, todos los pormenores. Cuando la luz roja se encendió, sobrevino un silencio incómodo. Mis papás se miraban sin saber qué hacer. Poco después se oyó una voz metálica diciendo: "Jose tiene razón". Y Jose, que miraba a mamá como si acabase de ganar un Oscar (los hay quienes aún creen en Hollywood), se fue a ver el partido de baloncesto con sus colegas. Porque ella era una egoísta de mierda, que olvidaba que él también necesitaba relajarse de vez en cuando. Que, después de todo, quién se rompía la espalda trabajando y traía el dinero a casa. A lo que ella iba a contestarle diciendo una burrada, pero calló tras mirar de reojo al gnomo, que la sonreía sin pestañear. De este modo, se inició un continúo tira y afloja entre mis papás, para ver quién conseguía camelar al enano. Oímos una y mil veces el consabido "Jose o Celia tiene razón", que milagrosamente ponía punto y final a todas sus disputas. De alguna manera, funcionaba. Y así la paz retornó a nuestro hogar. Mis papás, que seguían sin quererse, ya no se gritaban y los vecinos suspiraban aliviados.
Así transcurrieron tres meses. Solía soñar con gnomos como David, que se reunían en grupitos para contarse sus batallitas en medido de la oscuridad y el olor nauseabundo. Despertaba sobresaltada, pensando que tanto enano junto no podía ser nada bueno. Cuando por las noches me dirigía a la cocina para ir a por mi vaso de agua, corría como una exhalación al pasar junto a David. Podría haber jurado que me seguía con la mirada. Seguro que aquel desgraciado sabía más frases de lo que aparentaba. Cuando mamá preguntó enfadada por qué al gnomo le faltaban dos dedos de la mano derecha y tenía el bigote rosa, podría haberle dicho perfectamente que habían sido Marcos e Iván. Porque habían sido ellos, que se divertían haciéndole esa trastada y muchas otras. Pero no dije nada, porque no le tenía ninguna simpatía. Ninguno se la teníamos. Ni siquiera la dulce Simone, que parecía haber perdido algo de brillo en aquellos días. Le comenté a papá lo poco que nos gustaba David y que con un dragón no hubiese pasado lo mismo. Se rió de mí. Pero acto seguido se puso serio y miró al gnomo de reojo. Porque en el fondo tampoco se fiaba.
Fue al cuarto mes cuando se precipitaron los acontecimientos. En una de sus innumerables discusiones, ahora disfrazadas de insípidas charlas amigables, mi papá simplemente explotó y dejó salir toda esa porquería que había ido acumulando dentro durante sus largos años de matrimonio. Nosotros estábamos allí, por eso lo sé. Nos atrajeron aquellos gritos a los que ya no estábamos acostumbrados. Papá y mamá en el comedor, junto a David. Y mis hermanos y yo en la cocina, como la primera vez. Papá le dijo unas cosas terribles a mamá, que nos hicieron temblar a todos. Mis hermanos me preguntaron si se iban a divorciar y Simone se echó a llorar sin entender nada. Fue entonces cuando papá pronunció una frase un tanto enigmática, que se me quedó grabada en la mente: "¡Vosotros teneis algo!" A lo que mamá, tras lanzar una carcajada llena de desprecio, replicó: "Pero, ¿te estás oyendo, Jose? ¿Me estás diciendo que tengo algo con un muñeco de plástico??" Yo en aquel momento no entendí que podía tener mi mamá con David, pero a partir de entonces aquel fue el único tema de disputa: eso que tenía mi mamá con el enano. Fuera lo que fuera, cuando papá sacaba el tema, para el gnomo "Celia siempre tenía razón". Y no sé si papá estaba enfadado porque él ya no tenía nada con mamá, o porque no podía tener eso otro que ella tenía con David, o simplemente porque ya nunca tenía razón. Papá insistía en que había que deshacerse del gnomo, que evidentemente se había averiado. Y mamá que no, que funcionaba perfectamente. Que el averiado era papá. Ahora ya discutían a todas horas, por cualquier cosa, en todas partes, sin importarles si David les oía o no. Cuando le pregunté a mamá que qué estaba pasando, ella simplemente me dijo: "Parece que papá sí que me quiere después de todo". Lo que evidentemente no entendí.
Una semana después David desapareció. Simone dió la voz de alarma una mañana de sábado. Mamá le echó la culpa a papá, que aseguró que él no había sido. También mis hermanos fueron acusados de la desaparición, pero ellos lo negaron rotundamente. Incluso cuando les amenazaron con torturarles. Así que, simplemente se había ido. Quizás porque había sentido que ya no le necesitábamos, o quizás porque al caducarse se le había ido la olla y había decidido irse de viaje. Quién sabe. Nos daba igual. Papá y mamá se sonrieron aliviados, como si ya se les hubiesen acabado de golpe todos los temas de discusión. Se sonrieron tontamente y se dirigieron a su dormitorio cogidos de la mano. No pudimos saber qué hicieron después porque cerraron la puerta en nuestras narices. Pensé que a lo mejor volvían a quererse.
Mamá y Simone nunca fueron famosas, pero tuvieron su pequeño momento de gloria cuando las entrevistaron en la tele local. Evidentemente aquella aparición estelar quedó debidamente registrada en una cinta de VHS, que aún veo de vez en cuando. Mamá repeinada y remaquillada, con Simone en brazos, chupándose el dedo. Cuando la periodista les preguntó por su experiencia con el arbitrón, mamá sonrió, como una auténtica triunfadora, y le dijo que había sido la mejor compra que nunca habían hecho.
"La familia estaba rota, ¿sabe? Y, sinceramente, no sé cómo lo hizo, pero consiguió arreglar las cosas. Ahora somos felices, pregúntele a cualquier vecino y se lo confirmará. Sin lugar a dudas, se lo recomendaría a todos aquellos que tengan un problema en casa. Es lo que decía el anuncio, ¿no?"
Poco después las ventas de arbitrones se dispararon en nuestro barrio. Mama hubiese sido una gran actriz. Lástima que desperdiciara su talento entres las cuatro paredes de casa.

Han pasado muchos años y aún sigo soñando con el gnomo. Le veo, una y otra vez, maldiciéndome mientras le llevo a rastras al cubo de basura más lejano que puedo encontrar. Me asegura que él no es reciclable y que el día menos pensado, volverá a por mí y a por mí familia. Porque él ha hecho bien su trabajo y no hay derecho a que se lo paguemos de este modo. Cada vez que me despierto, bañada en sudor frío, tengo la certeza de que, allá donde esté, me sigue odiando.

3 de julio de 2008

Zapatos para pies descalzos

Foto por Belial (CC Some Rights Reserved)

Paula descubrió a los ocho años que era una super heroína, pero esto no le emocionó demasiado. Sobre todo porque su super poder era un auténtica bobada. Básicamente consistía en que, si se concentraba lo suficiente, según iba caminando, dejaba tras de sí un rastro de zapatillas idénticas a las que llevaba puestas en ese momento. Es decir, en lugar de huellas, dejaba zapatos. Todos del mismo número, y, por suerte, uno de cada pie. Estaba bien para alguien que quisiera montar una zapatería, pero su madre ya tenía un ultramarinos y no quería cambiar de negocio. Además, le dijo que aquello era muy raro y que procurara no hacerlo más porque la gente no lo iba a entender. Así que Paula se vió obligada a ocultar aquel super poder tan inútil, del que nunca habló a sus amigos por miedo a que se rieran de ella.
Pero Paula, que a pesar de su corta edad, ya había visto mucha televisión, sabía que un super héroe no tenía que menospreciar sus poderes por más ridículos que fueran. Quizás llegara el día en que se encontrara con otros niños con poderes tan estúpicos como el suyo y, todos juntos, consiguieran un auténtico super poder que acabara con las armas de destrucción masiva, el calentamiento global o la alergia al polen. Así que todas las tardes, justo antes de la cena, se iba al patio de atrás de su casa, donde practicaba unos minutos, escondida tras la ropa tendida. Con el paso del tiempo, consiguió que las zapatillas cambiaran de color. Las había verdes, azules, amarillas... pero siempre del mismo número y modelo. Cuando acababa, recogía su rastro de zapatos de colores y salía de casa con una enorme bolsa negra que tiraba en el contenedor más cercano. Cuando la maestra de la escuela le preguntó entonces qué quería ser de mayor, ella le contestó que ella tendría una tienda de zapatos. "Pero, Paula," le dijo la maestra, "eres muy joven y tendrías que aspirar a algo más." "No," le contestó la niña, "sé que eso es lo que quiero."
Desgraciadamente, nunca conoció a ningún otro niño con super poderes.
Ser una super heroína no evitó que Paula creciera y que dejara de ser una niña. Su adolescencia fue difícil por los continuos enfrentamientos con su madre, que se empeñaba en que la ayudara con el negocio y las labores de casa, mientras que su padre y sus hermanos mayores no parecía que tuvieran más obligación que comer y hablar como cerdos. Veía cómo sus amigas salían y se divertían y a ella le parecía que la vida simplemente se le escapaba de las manos. En los escasos momentos libres de los que disponía tras los estudios y el cumplimiento de sus numerosas tareas, se quedaba embobada viendo la televisión. Se enganchó a varias telenovelas y soñaba con príncipes venezolanos que la rescataran de aquel mundo en el que se sentía prisionera. Dejó tan de lado su super poder, que ahora le parecía más estúpido que nunca, que incluso llegó a olvidar que alguna vez lo hubiese tenido. Más tarde recordaría aquella etapa de su vida como un enorme borrón gris.
Pasaron lentamente los años, y los cursos, y finalmente llegó el momento de la temida Selectividad, a la que Paula se presentó con un nudo en el estómago. Fue entonces cuando se produjo un pequeño incidente que no sólo le recordó aquella extraña habilidad que había permanecido agazapada esperando a poder manifestarse de nuevo, sino que, por primera vez, fue consciente de hasta que punto lo de los zapatos podía ser un auténtico engorro. El examen de matemáticas resultó ser una trampa mortal llena de problemas ininteligibles de imposible resolución que le hicieron perder los nervios. Cuando se quiso dar cuenta, ya se había comido el bolígrafo. Y si no fuera poco, al levantarse para entregar su examen en blanco, tropezó con una montaña de zapatos rojos que empezaban bajo su silla y llegaban hasta la puerta de clase. El profesor, que pensó que se encontraba ante una nueva técnica en el noble arte de la fabricación de chuletas, decidió suspender a Paula sin dejarle tiempo para inventar una buena mentira que explicara aquel desmadre. Tras la mala nota en Selectividad, llegó la temida bronca de su madre y el fulminante castigo: fue condenada a otro año de trabajos forzosos en aquella tienda de nombre absurdo que odiaba con todas sus fuerzas. Maldijo al profesor, a su madre, al negocio familiar, a su estúpido e inoportuno super poder y a todo el calzado en general. Se durmió en un mar de lágrimas de autocompasión y en sus sueños la perseguió un implacable ejército de zapatos de tacón de aguja. A media noche despertó sobresaltada en una pesadilla inundada de sandalias amarillas. Al incorporarse, comprobó que las sandalias estaban sobre su cama, bajo ella, por todo el suelo, e incluso se perdían de vista bajo la puerta de la habitación. A duras penas se hizo paso entre ellas y consiguió llegar hasta la puerta, tras la cual seguían avanzando emparejadas, como si marcaran un camino de baldosas amarillas. Siguió su rastro por el salón, por los pasillos y más allá de los muros de su casa. Cuando salió a la calle, cayó en la cuenta de que sólo llevaba puesto un pijama, pero no hacía frío y no había ningún vecino chismoso que la espiara, así que siguió caminando a paso rápido. Poco a poco, las sandalias fueron alejándose del barrio y Paula tras ellas. Siguieron la carretera un trecho y se desviaron por un camino de tierra que se adentraba en lo profundo del bosque. Al echar la vista atrás, la chica comprobó que el camino se había ido desdibujando a sus espaldas, pues tanto las sandalias como sus propios pasos parecían haberse esfumado como por arte de magia. Pensó que ya no sabría volver a casa, pero no le importaba. Porque lo único que dejaba tras de sí era el lastre del pasado, sin el cual caminaba ligera, casi sin apoyar los pies en el suelo. Cuando divisó el último par de sandalias, supo que había llegado al final del camino. Y allí precisamente, en un claro del bosque, apenas iluminado por la tenúe luz de la media luna, se encontró con el par de zapatos más grande que jamás hubiera visto. No eran un cuarenta y seis, ni un cincuenta... Eran como mínimo un ciento cuarenta. Y para colmo hablaban con un ligero acento venezolano. "No nos culpes de todo, Paula" le dijeron los super zapatos al unísono. "El examen lo hubieses suspendido de todas formas... La universidad es un callejón sin salida. Ya tienes una tienda, pero vendes los productos equivocados. Recuerda que tienes todos los zapatos del mundo a tu disposición.” “Pero,” le replicó Paula a los super zapatos. “¿Qué tipo de super poder de mierda es este??” A lo que le contestaron con una risa hueca que resonó en su cabeza con tal fuerza que volvió a despertar, pero esta vez en el mundo real.
Aquella misma mañana durante el desayuno, la familia de Paula la encontró más rara que de costumbre. Parloteaba consigo misma y llevaba puesta una sonrisa tonta en la cara que no presagiaba nada bueno. Cuando salía de casa para dirigirse a la tienda, que había que abrir a las nueve, hizo lo impensable: se quitó los zapatos, se agachó para recogerlos, los lanzó lo más lejos que pudo y los siguió con la mirada hasta que aterrizaron en el jardín de alguno de sus vecinos. “Se ha vuelto loca,” comentó uno de los hermanos en voz bajita. Paula se volvió entonces hacia ellos, que la observaban asustados desde la puerta de la cocina, y mirando a su madre, dijo: “¿Sabes, mamá? Me acabo de dar cuenta de que la auténtica super heroína de esta historia eres tú, que nos has traído al mundo, nos has criado, te has ocupado de la casa, del inútil de tu marido, de la tienda… Pero, ¿para qué quieres tus super poderes si no te ayudan a ser feliz?” Y, sin más, se alejó calle abajo descalza, como si caminar sin zapatos fuese lo más natural del mundo. Paula nunca llegó a la tienda, simplemente desapareció. Como si perder los zapatos, le hubiese dado la facultad de salir volando hacia otros mundos. Durante un tiempo circularon rumores sobre su posible paradero. Algunos afirmaban que la habían visto en la ciudad, donde había abierto una tienda de mascotas en que se vendían zapatos parlanchines por encargo. Otros la situaban en un chiringuito de una playa caribeña, donde trabajaba como camarera. Con el tiempo, los rumores se fueron apagando y sólo la madre de Paula seguía recordándola cada tarde al cerrar su tienda. Sí, ser una super heroína era una tarea ardua. Sobre todo si tu marido y tus hijos son unos auténticos cerdos.

23 de junio de 2008

No estamos solos...


El hecho de que mi marido y los suyos aterrizaran en la Tierra fue una simple jugarreta del destino. Habrían pasado de largo si una estúpida avería no les hubiese impedido seguir con su plan de navegación. Según les comunicó el mecánico jefe, no había forma de reparar la nave mientras permanecieran en vuelo, así que se vieron obligados a buscar un sitio donde solucionar el problemilla. Para nuestra desgracia, resultó que lo que tenían más a tiro era nuestro sistema solar. Procedieron a hacer un recuento de los planetas, realizaron los cálculos oportunos, lo sometieron a votación... y decidieron que definitivamente Plutón, que según sus parámetros sigue siendo un planeta, era el mejor sitio donde efectuar los trabajos. Pero cuando estaban pasando junto a la Luna, los motores 5, 10 y 12 dejaron de funcionar y hubo que improvisar poniendo rumbo a la Tierra. Tras el aterrizaje forzoso en el desierto del Gobi, realizado con gran maestría por parte de mi marido, se procedió a seguir el tedioso protocolo habitual en caso de llegada a un planeta con vida inteligente: 1/ reconocimiento minucioso del terreno, 2/ determinación de la especie más inteligente, 3/ confección de los disfraces oportunos para poder hacerse pasar por los sujetos del apartado anterior, 4/ integración en su sociedad, 5/ toma de control de la misma, 6/ elaboración del informe correspondiente, 7/ retorno a casa por parte de un pequeño equipo, acompañado de un número representativo de abducidos con fines experimentales.
Una vez superada la primera fase, sobre la cual no voy a entrar en detalles, los supervivientes se enzarzaron en un debate muy animado para decidir quiénes eran los alumnos aventajados de este planeta al que ya habían bautizado como “Bola Azul”. Los tres candidatos finalistas resultaron ser el homo sapiens, el avestruz y el gato. Aunque la cosa estuvo muy reñida, terminaron decidiendo hacerse pasar por humanos. Y no porque fueran más inteligentes que los avestruces, sino porque los disfraces iban a ser menos complicados de confeccionar dada nuestra gran similitud física con los alienígenas. Así fue como llegaron a nuestras calles, sigilosos, una noche de la primavera del 96. Pronto comprobaron que su decisión había sido la más correcta, pues era fácil pasar desapercibidos en una sociedad en la que los ciudadanos de a pie van por la vida con los ojos vendados, tragándose todo lo que les cuentan los medios de comunicación, a los que han cedido el sentido de la vista. Además había cosas buenas como las pelis de Clint Eastwood, Eurovisión o las Carreras de Fórmula 1, a las que eran grandes aficionados.
Conocí a mi marido, Jaime, en plena fase 3. Apareció de la nada, durante la fiesta de cumpleaños de mi abuela, a la que evidentemente nadie le había invitado. Se acercó a mí sin pensárselo dos veces y me dijo lo que sería la primera de una larguísima lista de mentiras: “Hola, guapa, ¿cómo te llamas?” Era la primera vez en mi vida que alguien me llamaba “guapa” y, aunque sabía que la belleza no estaba entre mis cualidades, fue suficiente para conquistarme. Pero, claro está, a él mis cualidades se la sudaban: lo único que quería era encontrar la forma de acercarse a mi padre, un reputado general del ejército. Dos meses después se celebró una boda por todo lo alto (deduzco que Jaime tenía prisa por pasar a la fase 4). Nos fuimos a vivir a una casita de las afueras y mi marido empezó su carrera meteórica como militar y padre de familia. Tuvimos nada menos que cuatro hijos, todos ellos sanos y de aspecto bastante normal. Fui una esposa feliz y abnegada hasta que hacia finales de la fase 5, que duró aproximadamente una década, descubrí el diario de Jaime (sin duda, fundamental para asegurar el éxito de la fase 6). Al principio pensé que estaba escribiendo una novela de ciencia ficción a mis espaldas, pero, poco a poco, comprendí que lo que tenía entre mis manos era nada más y nada menos que la fría descripción de los hechos desde su llegada a la Tierra. Me estremecí al pensar que mi marido era un completo desconocido para mí. Luego pensé en mis hijos y me entró miedo, porque aunque había visto muchas pelis, seguía sin saber de qué sería capaz un extraterrestre. Descarté inmediatamente la posibilidad de denunciarle porque no me iba a creer ni mi padre, cuyo gran aprecio por Jaime ya superaba con creces al escaso amor paterno que me profesaba. Mi hija mayor, Bea, que siempre había destacado por su inteligencia y gran sensibilidad, no tardó en percatarse de mi sufrimiento. Aunque traté de ocultarle aquel terrible secreto, una noche simplemente exploté y le mostré el diario de su padre entre sollozos. Fue entonces cuando descubrí que en aquella familia, además de la más fea era la más tonta de todos. Para mis hijos, que ya tenían entre 4 y 9 años, la identidad de su padre jamás había sido un secreto. Por supuesto, Jaime no tardó en enterarse de mi inoportuno descubrimiento y además de llamarme entrometida, me declaró la guerra abierta. Pronto la familia quedó dividida en dos frentes: uno "pro humano" en el que nos encontrábamos Bea, mi hijo Teo y yo; y otro "pro alienígena" formado por el resto de la familia. Como es evidente, nosotros llevábamos todas las de perder. Lo único que podíamos hacer era tratar de resistir los ataques de los otros y esperar nuestra oportunidad para escapar de allí. Sin embargo, ésta nunca llegó.
Durante el desarrollo de la fase 6, mi marido tuvo que ausentarse largas temporadas para la realización del informe correspondiente. Mis hijos Sebas y Raúl hicieron las veces de carceleros, procurando que no abandónaramos nuestra trinchera en la cocina. Supimos que la nave alienígena, ya reparada, estaba lista para la fase 7, sólo a falta de conseguir el combustible necesario para el largo viaje (por lo visto habían sufrido una fuga durante el aterrizaje). Serían una civilización la mar de avanzada, pero seguían necesitando combustibles fósiles para que sus naves emprendieran vuelo. El problema era que la nave en cuestión tenía el tamaño de Nueva York, así que, lógicamente, la cantidad de combustible necesaria era increíble. Como este proyecto tenía prioridad absoluta para ellos, acabaron colapsando el mercado mundial del crudo, lo que se tradujo en la tercera gran crisis del petróleo. El hecho de que durante el 2008 el precio del barril de petróleo alcanzara unos precios impensables, nada tenía que ver con el aumento de la demanda energética por parte de potencias emergentes tipo China o La India, tal como quisieron darnos a entender los medios de comunicación. Lamentablemente aquellos endemoniados alienígenas disponían de todos los medios necesarios para abastecerse de forma discreta gracias a la perfecta ejecución de la fase 5, fruto de su larga experiencia como invasores.
Teo, Isabel y yo mirábamos la tele de la cocina impotentes, sintiéndonos testigos mudos de una invasión a gran escala de la que nadie parecía haberse percatado. Porque si algo me había enseñado mi marido, era que las mejores invasiones eran aquellas en las que se entraba por la puerta de atrás, con sigilo. Nada de desfiles espectaculares, ni de grandes aspavientos... Cuando menos te lo esperabas, ¡zas! Estabas en sus manos y era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
Para nosotros, la fase 7 empezó el día en que Jaime nos comunicó, en un tono muy solemne, que íbamos a emprender un largo viaje sin retorno. Aproveché para pedirle que nos precisara en qué consistía el término "fines experimentales" para saber a qué atenernos en calidad de abducidos, pero ni se dignó a contestarme. De hecho, apenas me hablaba desde que, según él, le había traicionado pasándome al bando enemigo. Pero, ¿qué esperaba de mí? Yo ERA el enemigo. No había hecho más que mentirme desde que nos habíamos conocido y, ¿acaso esperaba que me fuera a identificar con su causa?
Mi marido nos entregó a los suyos una mañana tormentosa de verano. Le vimos por última vez desde el interior de un furgón oscuro en el que nos había metido a empujones al tiempo que bromeaba con uno de sus colegas. Vió cómo nos alejábamos desde el porche de la casa, sin mostrar ningún tipo de emoción. Durante un momento le odié con todas mis fuerzas porque no había sentido piedad ni por sus propios hijos. Nos trasladaron a una nave enorme y unos días o semanas más tarde nos metieron en un avión junto a varios avestruces, un par de gatos, un cantante de bodas y varias estrellas de Hollywood. Durante el largo viaje a Mongolia, nos contamos nuestras vidas por puro aburrimiento. Mis hijos y yo no nos atrevimos a desanimar al resto contándoles el verdadero motivo del secuestro ni la identidad de los secuestradores. Dejamos que nos hablaran de rescates espectaculares, reímos sus bromas... y lloramos con ellos cuando al llegar al desierto del Gobi, la verdad era demasiado evidente para seguir ocultándola. Aquel Nueva York volante nos dejó sin palabras. "Lógico que nos quedáramos sin petróleo" comentó uno de los gatos.
Nos condujeron a la nave y al poco despegamos. No hubo cuenta atrás ni nada que se le pareciera. Simplemente pasamos de estar abajo a estar muy arriba, sin saber cómo. Vimos por una ventana minúscula cómo la Tierra iba encogiéndose poco a poco mientras unas lágrimas se deslizaban por nuestras caras asustadas. Los avestruces terminaron perdiendo los nervios y el cantante de bodas tuvo que tranquilizarles con una nana improvisada. Los alienígenas, desprovistos ya de sus disfraces, daban algo de grima por su aspecto viscoso. Les veíamos sólo cuando nos traían las pastillas que nos mantenían vivos, o que nos estaban matando. Nos mirábamos los unos a otros en silencio, como presos cuya ejecución estaba próxima.
"Le dejé una carta al abuelo explicándole todo" me dijo Bea de repente. "¿Crees que la leerá?
Quería creer que sí. Que la leería y que creería las palabras de una simple niña. No por nosotros, porque ya era demasiado tarde para salvarnos. Pero sí por aquellos que se habían quedado abajo, víctimas de una invasión silenciosa de la que no eran siquiera conscientes. Les deseé suerte mientras les veía desaparecer a lo lejos y luego no volví a pensar en ellos, pues sus problemas ya no eran los míos. Tenía que pensar en mis hijos, en mí misma y en nuestros compañeros, que eran lo único que me quedaba ya.

14 de junio de 2008

El fin del mundo, como poco


A mí lo que más me fastidia es que ése vaya a caballo y que a mí me toque ir a pie. Después de todo, salta a la vista que está en mejores condiciones físicas que yo. Es alto, esbelto e incluso diría que guapo. Mientras que yo, que no me he atrevido ni a mirarme al espejo desde la hecatombe, ando falto de una pierna y tengo un agujero bastante sospechoso en la cabeza por el que se me escapan las pocas ideas que tengo. Llevo ya varias horas siguiéndoles a la pata coja y no veas cómo cansa. Encima tiene la cara de decir delante del caballo que les estoy retrasando. Esos aires de aristócrata que tiene van a terminar con mi paciencia y cuando menos se lo espere, igual acabo con él a bocados. Pero no, no me debo dejar llevar por mis impulsos salvajes. De una forma u otra, tengo que asegurarme de que alcance su objetivo y de que lo haga de una pieza. Me apunté a esta excursión tan aburrida porque tanto él como los suyos no son de fiar, así que uno de nosotros tiene que estar allí cuando llegue al final. He de confesar que un fallo grave de memoria me ha hecho olvidar qué es lo que estamos buscando, pero procuro que no se de cuenta. Cuando lo encontremos, ya improvisaré. Ahora sólo sé que emprendimos viaje hace una eternidad, que la noche nunca se acaba y que este bosque por el que andamos me da mala espina. Me siento observado por ojillos maliciosos.

La oscuridad sobrevino un día de pleno verano y nos convirtió en esto que somos ahora. Fueron pocos los que sobrevivieron. Quedamos nosotros, que tomamos el control de la situación; los tullidos, como ese imbécil que me sigue desde hace horas a la pata coja, prescindibles en muchos sentidos, pero demasiado numerosos para no tenerles en cuenta; algunos humanos, cuyo número pronto quedó reducido a poco más que cero, bien porque les aniquiláramos o simplemente porque huyeron hacia tierras recónditas; y caballos como este sobre el que cabalgo, aparentemente inmunes a eso que nos transformó. Tras esa primera etapa de confusión en que cada uno asimiló la catástrofe como pudo, hubo algunos de los nuestros que consideraron esto una bendición. Pero la fiesta les duró bien poco. La comida comenzó a escasear muy pronto y hubo que tomar decisiones drásticas, que pasaron por un incómodo racionamiento de alimentos. Los tullidos, que empezaban a ponerse nerviosos, sugirieron que nos comiéramos a los caballos, pero conseguimos hacerles entrar en razón. Aunque todos nos sintiéramos mucho más a gusto viviendo al abrigo de la oscuridad, estaba claro que sólo teníamos futuro en un mundo iluminado por el sol. Mis jefes me encomendaron la misión de encontrar ese mundo, si es que aún existe. Los tullidos mandaron a este representante suyo tan poco afortunado y al caballo, que se presentó por sí sólo, le permití que se nos uniera bajo la condición de que me dejara montarle. En todo caso, está bien llevar consigo una pequeña reserva de comida por si las cosas se pusieran feas. El bosque es muy denso y oscuro. Nos persiguen sombras silenciosas. Creo que le voy a dar un pequeño mordisco al caballo, no creo que ni se dé cuenta.

Ya me está mordiendo otra vez el desgraciado... No debería haber dejado que se me subiera encima, pero está claro que uno de los dos iba a hacerlo y la idea de que fuera el zombi no me atraía para nada. Su cuerpo se está descomponiendo por momentos y huele fatal, así que no quería tenerle cerca. El otro, que va de duque o algo así, ya me ha mordido varias veces y prefiero no pensar en los efectos secundarios que pueda tener. Probablemente me termine convirtiendo en uno de ellos, pero lo único que importa es que salgamos de aquí cuanto antes para que pueda cumplir una misión mucho más importante que la de estos dos inútiles, que sólo piensan con el estómago. Aquí soy el único que sabe de qué va la movida porque yo estaba allí cuando pusieron en marcha ese cacharro al que mi dueño, que en paz descanse, llamaba "Gran Colisionador de Hadrones". Recuerdo, como si fuera ayer, la última vez que se bajó de mi grupa, tras dejarme aparcado junto a la entrada principal de aquel complejo científico. Me dió una palmadita en el cuello y se alejó silbando porque aquel era su gran día. Tanto él como sus compañeros estaban emocionados ante las posibilidades que podría abrir aquel experimento, cuyo complejo desarrollo había podido seguir muy de cerca. El sitio estaba lleno de gente nerviosa que iba y venía, hasta que, cuando llegó la hora, se produjo aquella sobrecogedora explosión silenciosa. El mundo pareció detenerse durante unos segundos, tras los cuales una columna de humo negro y espeso ascendió hacia el cielo, privándonos de la luz del sol. No sabía qué era aquello, pero lo impregnó todo, transformándolo, mutando a los escasos supervivientes, que salían del edificio con aspecto desfavorecido y digno de muy poca confianza. Él salió también y daba pena verle. Creo que estaba ya muerto, pero que había hecho un último esfuerzo para decirme sus palabras póstumas. Se me acercó con la cara desencajada y me habló al oído con voz entrecortada. "Escúchame con atención" me dijo. "Y no pongas esa cara de bobo, que sé perfectamente que me entiendes." Tras lo cual respiró profundamente para recuperar fuerzas y añadió: "Sal de aquí como sea y cuéntale al mundo lo que ha ocurrido para que esto no vuelva a repetirse." Cuando iba a protestar diciéndole que quién escucharía a un simple caballo, me encontré con que lo poco que quedaba de él ya se había derrumbado a mis pies. Desde entonces he vagado por ahí, tratando de encontrar una vía de escape que espero que me procuren estos dos. Caminamos por un sendero desdibujado entre árboles que se susurran cosas al oído. Nos siguen dos periodistas desde hace un rato. Para mí que son inmunes a todo.

A mí no me pareció buena idea seguir a esos tres, pero sólo soy un mandado, así que agaché la cabeza, me puse la cámara al hombro y seguí a Marga sin decir ni mú. Total, no teníamos otra cosa que hacer... Habíamos ido a Suiza para cubrir la noticia del dichoso colisionador y aunque las partículas aceleradas dieron un espectáculo de alucine, creo que no produjeron los efectos deseados. Pero eso no fue nada comparado con la bronca de Marga cuando se enteró de que mi cámara no había captado las imágenes más espectaculares por una extraña interferencia que yo tenía que haber previsto. Por suerte, la pude arreglar a tiempo para grabar la carnicería que sucedió a aquel experimento fallido. Los pocos humanos que habíamos sobrevivido fuimos perseguidos implacablemente por lo que calificamos como zombis o vampiros, según fueran más o menos agraciados, pues en lo que a su grado de voracidad se refería estaban sin duda a la par. Al poco, los cazadores debieron de quedarse sin presas e iniciaron largos debates que concluyeron con la puesta en marcha de una pequeña expedición formada por aquellos dos exploradores, a los que pronto se les unió el caballo... Caminamos durante horas interminables por un bosque espeso, siguiéndoles a cierta distancia, procurando que no nos descubrieran. Pero pronto los árboles empezaron a escasear y el cielo, que clareaba poco a poco, anunciaba la llegada del inminente amanacer. Me pregunté qué les impediría vernos en adelante y fue entonces cuando el caballo se detuvo en seco y supe que nos habían descubierto.

Roberto, que estaba cagado de miedo, se escondió tras su cámara, como hacía siempre, y dejó que yo solita me enfrentara a esos tres. El jinete, que parecía el jefe, se apeó del caballo y se nos acercó relamiéndose los labios al tiempo que preguntaba que qué hacíamos allí. Me apresuré a decirle que estábamos cubriendo aquella noticia para un medio importante y le pregunté si estaría interesado en una entrevista. El caballo, que hasta entonces había permanecido en silencio, se adelantó y dijo: "Yo tengo algo importante que decir, señorita. El mundo tiene que saber qué es lo que ha ocurrido para que la tragedia no se repita." "Pero, vamos a ver," le contesté. "¿Me estás hablando de un reportaje en profundidad, de ir más allá de los puros hechos, de detallar las posibles causas y consecuencias, de levantar llagas, de acusar a los culpables para que paguen por sus errores...?" Tras comprobar que había captado la atención de mi público, suspiré profundamente y pronuncié las que serían mis últimas palabras: "Pero, ¿a quién le interesa eso? La gente lo que quiere es la vertiente macabra, hombre. Sangre, lamentos, gritos... Lo demás se la suda. ¿En qué mundo vives?"

Tiene razón, toda la razón del mundo. Sangre, lamentos, gritos... Eso es lo que quieren y lo que vamos a darles. A ella nos la zampamos ahí mismo mientras su compañero seguía filmando con manos temblorosas. Lamentablemente se subió al caballo antes de que pudiéramos ponerle las garras encima. Salieron al galope y pronto les perdimos de vista. Es igual, hagan lo que hagan es probable que ya sea tarde para detenernos. Ahora el tullido y yo debemos volver sobre nuestros pasos para poder contarles a nuestros colegas que hemos encontrado ese mundo con días y noches sobre el que pronto nos abalanzaremos para devorarlo. Les daremos toda la sangre que quieren y por primera vez tendrán buenos motivos para estar cagados de miedo cada vez que se ponga el sol.

Salí a por unas pizzas en el intermedio del partido y por el camino iba repitiendo el pedido mentalmente: que si una de anchoas, que si otra con cebolla, que si la otra con carne, que si una cola normal, que si dos light, que si ocho cervezas... Podría habérmelo apuntado, pero me había puesto chulito y les había asegurado a todos que era perfectamente capaz de retener toda aquella información en la memoria. Sin embargo, era bastante obvio que no iba a poder. A los pocos metros confundía las anchoas con las aceitunas y al llegar a la pizzería ya sólo me acordaba de la salsa barbacoa, que era precisamente lo único que nadie quería en su pizza. Así que cuando la rubia del mostrador me preguntó que qué quería, le pedí cinco "especiales", que no sabía de qué iban, pero que probablemente tendrían de todo. Era mejor ir sobre seguro: que cada uno quitara lo que le sobrara. Entonces ella, con la vista fija en algo que había a mis espaldas, señaló con el dedo y me preguntó: "¿Pero qué es eso?" Y entonces fue cuando me volví y vi aquella masa enorme de manifestantes andrajosos que avanzaba lenta por la calle, sin pancartas, policía ni nada. Y tras ellos un grupo más reducido de jinetes pálidos que parecían dirigir el cotarro dando instrucciones a los torpes de abajo. Algunos vecinos se acercaron a aquellos desconocidos para interesarse por el motivo de la protesta. Craso error, pues inmediatamente los forasteros se abalanzaron sobre ellos para devorarlos sin contemplaciones. "Oye," le dije a la chica. "Creo que al final no voy a querer ninguna pizza." Tras lo cual, salimos por la puerta trasera y corrimos sin parar hasta quedarnos sin aliento. Cuando habíamos dejado bien atrás al pueblo, nos detuvimos en seco al acordarnos repentinamente de nuestros familiares y amigos. Pero cuando tratamos de advertirles llámandoles desde nuestros móviles ya no obtuvimos respuesta alguna. En el pueblo de al lado no nos creyeron: "Ya nos han contado la película un periodista y su caballo parlanchín, no nos vengais con cuentos también vosotros." Fijo que lamentaron sus palabras cuando horas más tarde aquella marea oscura les sobrevino también a ellos. Esther y yo no nos damos por vencidos. Seguimos corriendo con la muerte en los mismísimos talones. Quizás alguien nos crea algún día. O quizás encontremos a ese cámara y al caballo y los cuatro juntos podamos ejercer la fuerza necesaria para hacernos oir. Pero ahora os tengo que dejar. Está oscureciendo y más nos vale ocultarnos pronto. Nunca se sabe quién puede estar acechándonos al abrigo de la oscuridad.

4 de junio de 2008

Vientos de Cambio

Foto por Ectaticist (CC Some Rights Reserved)

El viejo y el otro eran, cada uno a su manera, unos flipados pero eran buenos tipos con los que, en general, daba gusto trabajar. Con esto quiero que quede bien claro que no lo hice por motivos personales y que lamento que se vieran involucrados.
El viejo se llamaba Esteban y creía firmemente en la importancia de nuestra labor, lo que siempre me había dado mucha risa. Pero la única vez que traté de sacarle de su error, diciéndole que todo aquello era una leyenda urbana, me dirigió tal mirada asesina, que me apresuré a preguntarle por la liga de fútbol para desviar el tema de conversación. Llevaba trabajando allí toda la vida como jefe de mantenimiento y estaba a punto de jubilarse. Su mujer y él pensaban vender la casa e irse a vivir a la playa. A ella la había visto sólo una vez en una fiesta de cumpleaños y me pareció una amargada.
En cuanto a David, en el fondo era un chico con suerte. Quizás durante los escasos años que había ido a la escuela, su vida fuese un infierno, pues era más que probable que fuera el blanco de las bromas y travesuras de sus compañeros, que le despreciaban por ser algo corto de entendederas. Pero un buen día conoció a Esteban, que le ofreció este empleo y siempre le trató como al hijo que nunca tuvo. Aquí era feliz porque se creía alguien. Hacía las veces de chapuzas, aunque lo que realmente le gustaba era pulsar el botón verde.
"En realidad no sirve para nada" me explicó Esteban un día. "Le mando pulsarlo cuando se pone pesado, así desaparece un rato y me deja tranquilo". El botón en cuestión se encontraba en una torre a unos tres kilómetros de nuestra oficina, así que cuando le mandábamos que fuera a pulsarlo, podía tardar una hora en volver. Sí, a veces daba gusto quitárselo de encima, pues sin su constante parloteo esto se convertía en un pequeño remanso de paz.
Trabajábamos en el parque eólico B-442, tan sólo uno de entre los miles que se habían construído antes de que David y yo naciéramos. Por motivos que nunca quedaron muy claros, a los políticos del mundo entero les entró la fiebre por la energía eólica, despreciando alternativas tan respetables como la solar. Plantaron aerogeneradores por todas partes, transformando drásticamente nuestros paisajes. Según Esteban y muchos otros aficionados a las teorías conspiratorias, esto no era por motivos ecológicos, tal como nos quisieron dar a entender, sino porque nuestro planeta ya no podía girar por sí solo.
"Los aerogeneradores son mucho más importante de lo que parece" nos decía Esteban orgulloso. "Sin ellos, la Tierra se detendría y sería el fin del mundo. Toda esa historia de la energía limpia es pura patraña. ¡Si estos molinos ni siquiera producen energía! No son otra cosa que motores, ¿no lo veis? Como las hélices de un avión. Dan al planeta ese impulso, del que ahora carece, para que pueda seguir rotando en torno a su eje". Tras lo cual me miraba fijamente para cerciorarse de que yo también lo creía así, porque evidentemente aquello no podía ser una de mis leyendas urbanas.
"¿Y qué pasaría si la Tierra dejara de rotar?" preguntaba David.
"El mundo quedaría dividido en dos: la parte en la que siempre sería de día y la parte en la que siempre sería de noche" le contestaba yo. "Los viejos, los adultos responsables y los niños lógicamente se irían a vivir a la parte iluminada, mientras que los jóvenes se decantarían por la vida nocturna para poder estar todo el día de fiesta. Pero tarde o temprano terminarían echando de menos al sol, así que se irían también a la parte iluminada, uniéndose al resto de la población mundial. Como resultado de esto, el peso en el planeta quedaría totalmente descompensado, por lo que la Tierra, no sólo habría dejado de rotar en torno a su eje, sino que también se desviaría de su órbita en torno al Sol y se dedicaría a vagar por el sistema solar sin rumbo fijo, con peligro de colisionar con otros planetas."
David se reía de mi explicación, pero en el fondo se la creía. Esteban me miraba con reprobación y se alejaba sin decir nada.
Trabajamos en armonía varios años durante los cuales nunca les hablé de quién era realmente ni de qué estaba haciendo allí. Tampoco me lo preguntaron. Probablemente nunca se habían fijado en que pasaba muchas horas caminando entre los molinos, mirando hacia esas hélices que incansables daban vueltas día y noche, produciendo energía imparables, llevándose por delante el aire y todo ser viviente que pasara por allí volando inocentemente. Absortos como estaban en asegurar el buen funcionamiento de las instalaciones, nunca me vieron enterrando los cadáveres de los pájaros con la cara inundada de lágrimas. Para flipadas, yo la primera. Pero, claro, ellos no tenían ni idea de quién era Sara ni de lo que estaba a punto de hacer con mis colegas.
Los primeros generadores empezaron a dar problemas una medianoche. David, que dormía en la oficina, fue el primero en percatarse del problema. Se pasó varias horas tratando de volver a ponerlos en marcha, pero todo su esfuerzo fue en vano. Desesperado, decidió recurrir al botón verde con la esperanza de que lo solucionara todo, pero, cuando comprobó que no era así, llamó por teléfono a Esteban, al que le explicó entre llantos lo que estaba ocurriendo. El viejo, que estaba en medio de un sueño increíble, le dijo algo así como que al día siguiente todo se solucionaría y volvió a dormirse en cuanto colgó. De hecho, a la mañana siguiente ya no estaba seguro de si la conversación era soñada o real. Para cuando llegó a la oficina, la mitad de los molinos ya no funcionaban. Y aún peor, pronto supimos que en otros parques tenían el mismo problema. Como no dábamos a basto, nos mandaron a varios técnicos para intentar repararlos, pero a medida que pasaba el tiempo no sólo no los arreglaban, sino que cada vez era mayor el número de los aparatos defectuosos.
Esteban, que parecía haber envejecido diez años de golpe, se llevaba las manos a la cabeza y hablaba consigo mismo, mientras caminaba de un lado a otro como gato encerrado. David llevaba varias horas barriendo el mismo rincón de la oficina, mientras farfullaba algo acerca del botón verde. En cuanto a mí, una de las responsables de aquel sabotaje a escala mundial, permanecía en mi puesto en silencio, observando impasible el desarrollo de los acontecimientos. Me había apuntado a aquella movida ecológica no sé si por los pájaros o por puro aburrimiento, pero, en aquel pequeño momento de gloria, me di cuenta de que la ecología hacía tiempo que me la sudaba. Lo único que quería realmente, era ver la cara de Esteban cuando comprendiera que el mundo no dejaría de girar por esos estúpidos aerogeneradores. Porque los íbamos a parar todos, de eso no cabía duda. Al principio, habíamos pensado en armar un poco de bulla y dejar que los periodistas hicieran el resto, pero la teoría de Esteban caló entre mis colegas, que pensaron que estar todo el día de fiesta en la mitad no iluminada iba a estar bien y todo.
Los últimos aerogeneradores dejaron de funcionar a las cuarenta y ocho horas. Para entonces toda la prensa se había hecho eco de la noticia. Cuando el ejército tomó las calles de las ciudades empecé a preocuparme. Para entonces ya me había dado cuenta de que el sol, que se había quedado a media altura, no llegaba a bajar del todo por más que pasaran las horas. La gente miraba al cielo asustada. Unas horas después unos agentes vinieron a la oficina preguntando por mí y me detuvieron delante de Esteban y David, que me despidieron con una mirada en la que se mezclaban desprecio y tristeza. Evidentemente los aerogeneradores no tardaron en repararse y el mundo siguió girando en torno a su eje, como siempre lo había hecho. Yo creo que algunos ni se percataron de que durante un breve lapso de tiempo, sus vidas corrieron un serio peligro. A mis colegas y a mí nos condenaron a cadena perpetua. Encerrados en nuestras celdas, ya no hemos vuelto a ver la luz del sol. En cierto modo es como si el tiempo se hubiese detenido, como si los aerogeneradores hubiesen dejado de funcionar para nosotros y nos castigaran a vivir de por vida en la parte del planeta donde la noche es eterna. No sé si a los demás les dará ganas de irse de fiesta, a mí sólo me entran ganas de llorar.

25 de mayo de 2008

La vida a ras del suelo...

Foto por Tina Raval (CC Some Rights Reserved)

Mientras que a unos se les da por la cocina, yo siempre he sido un apasionado de la literatura. Me trago libros desde que tengo uso de razón, o incluso antes. Es una afición que a mi mamá nunca le hizo ni pizca de gracia. "Horacio," solía decirme, "los libros sólo te van a traer desgracias." A lo que yo le contestaba con el típico gruñido de hastío con el que los hijos damos a entender a nuestras queridas madres que no necesitamos sus estúpidos consejos. Y años más tarde, cuando los hechos no hicieron más que confirmar su teoría, me sorprendí diciéndome a mí mismo: “¡Jopelines, si la vieja tenía razón y todo!" pero entonces mi pequeña tragedia era un hecho consumado y ya no había forma de rebobinar para esquivarla.
Durante mi tierna pero corta infancia me cepillé todos las libros de la vieja biblioteca de la planta baja, que me vi obligado a releer durante mi adolescencia porque en aquella casa no parecía que hubiera nuevas adquisiciones, ya sea por la introducción de las nuevas tecnologías, el calentamiento global o la simple y llana dejadez. Al llegar a la madurez, mi frustración ya era tan grande que estuve a punto de caer en una depresión. De nada sirvieron los pequeños banquetes y fiestas que organizó mi familia para tratar de animarme. Fue entonces cuando un día que deambulaba por la casa como un alma en pena, me topé con un agujero nuevo, que resultó ser la entrada a un mundo mágico, lleno de prometedores tesoros de incalculable valor. Sin saber cómo, me hallé en el interior de un cajón secreto en el que la chica guardaba sus escritos. Comencé hojeando con desgana una serie de relatos breves que me dejaron completamente cautivado. Jamás hubiera podido imaginar que Ruth, aquella joven enclenque y tan sosa, que hasta entonces había pasado ante mí como un fantasma, fuera capaz de expresar sentimientos tan profundos con aquella letra de colegiala poco aplicada. Simplemente rompió todos mis esquemas. Durante los días que siguieron, me emocioné con sus poemas y novelas rosas. Y es difícil describir con palabras mi alegría cuando descubrí el diario de la chica, cuya lectura me hacía pasar de las carcajadas a las lágrimas más amargas en cuestión de segundos. Allí estaba todo: la relación con sus padres severos, el fracaso en el instituto, su primer amor no correspondido, los partidos de baloncesto, el fatal accidente que causó la muerte de su abuela... Nada había logrado conmoverme tanto desde que Bruce Davison revolucionara a las ratas allá por el 71. Fue inevitable que me convirtiera en su abnegado admirador, como también fue inevitable que empezara a seguirla por la casa para entender un poco mejor a aquel personaje tan extraño como lleno de sensibilidad. La descubrí escribiendo a altas horas de la madrugada, cuando se creía a salvo de las miradas indiscretas de sus familiares. Aquellas historias, su diario... eran ese pequeño secreto que le hacía la vida más soportable. Nuestro secreto.
Sin embargo, mi alegría duró apenas unos meses, que bastaron para que me descuidara y la fastidiara del todo. Mi familia, que me había advertido de aquello muchas veces, no me lo perdonaría jamás. Tengo aún grabada en mi mente, esa frase que mi papá solía repetirnos a mí y a mis hermanos todas las noches al arroparnos en la cama: "Recordad que no hay casa sin ratas, sino mucho imbécil suelto por ahí." Y sí, yo demostré ser ese inútil al que hacía alusión. Me había confiado demasiado. Entraba y salía del cajón como si de mi casa se tratara. Seguía a la chica de día y de noche sin tomar las precauciones necesarias... Así que un día me descubrió. Nunca olvidaré el terrible grito que emitió entonces, que dejó como recuerdo un desagradable pitido que tardó varios días en desaparecer. Ese fue el principio del fin, el inicio de una guerra que teníamos perdida desde el principio. Durante generaciones mi familia había conseguido pasar totalmente desapercibida en el caserón, pero bastó un sólo imbécil para acabar con décadas de cuidadoso labor. Evidentemente mi familia me repudió y tuve que refugiarme en el cajón de la chica, desde el cual fui testigo del desarrollo de los hechos que siguen.
Al principio los métodos del padre de Ruth fueron motivo de burla para mis parientes, pues no se le ocurrió otra cosa que intentar eliminarnos con sistemas tan archiconocidos y burdos como el "Flautista de Hamelín". Hay que ser un gran ignorante para pensar que las ratas vamos a ser tan estúpidas como para seguir a un tipo con flauta. Después vino el método "Hansel y Gretel", que evidentemente tampoco funcionó. Fue dejando trocitos de queso de barra por toda la casa. ¡Eso no hay quien se lo coma! Alguno habría caído con un buen Emmental, pero el tipo era demasiado tacaño para eso. Luego lo intentó con un método aún más patético si cabe: "El Gato con Botas", que consistió en traer a un felino escuchimizado al que mis primos despacharon en un santiamén. Superada la fase de los cuentos, que era entretenida pero poco productiva, decidió llamar a un profesional, que era lo que debería haber hecho desde el principio. Entonces empezó la auténtica masacre. Esa especie de Christopher Walken venido a menos, llegó con los últimos adelantos técnológicos, los cuales le permitieron acabar rápidamente con nosotros sin necesidad del intelecto, del cual estaba completamente desprovisto. Mis papás, que ya eran viejos, fueron los primeros en caer. Tras ellos siguieron mis tíos, mis primos, mis hermanos... Uno a uno fueron cayendo todos, mientra yo observaba en silencio, inmovilizado por el terror, rezando por que surgiera ese pequeño milagro que me salvará. A mí, que era el causante de todo.
Luego llegó el silencio sepulcral. Supe que todos habían muerto. El raticida recogió sus bártulos y se fue. Y poco a poco la normalidad volvió a la casa, si a aquello se le podía llamar normalidad. Yo tenía tanto miedo que no me atrevía a salir del cajón ni para comer, así que poco a poco fui perdiendo peso, quedando finalmente una mínima expresión de mí mismo. Aún así leía y releía día tras día los escritos de Ruth, que seguía trayendo material nuevo, consiguiendo superarse a sí misma. Lo que más me dolía al pensar en mi muerte, era la certidumbre de que no podría seguir leyendo su obra desde el más allá. Pronto mi debilidad fue tal, que incluso me costaba leer sus textos... Finalmente desfallecí cuando leía su última entrada en el diario. Fue así como Ruth me encontró en el silencio de una noche. Sin embargo, esta vez no gritó. Me observó un rato sin decir palabra, preguntándose que haría aquella rata escuchimizada yaciendo sobre sus manuscritos. Por un momento pensé que iba echarse a llorar. Incluso albergué la vana esperanza de que comprendiera, pero, al fin y al cabo, era tan sólo un ser humano. Pronto su rostro se endureció. Me metió en una caja de cartón y salió de la casa llevándome a un descampado algo alejado, como si aquello pudiera evitar mi retorno inminente a su hogar, que era tan suyo como mío.
"No vuelvas" me dijo al abrir aquel pequeño ataúd improvisado. "No vuelvas nunca".
Aquella falta de sensibilidad sí que me dolió, incluso más que la muerte de mis familiares. No sabía que tanta crueldad fuera posible, pero qué otra cosa se podía esperar de ellos. Cuando la vi alejarse, noté como mi rabia incontenida se traducía en unas lágrimas amargas que se deslizaron por mi rostro peludo.
"Sí, vete si quieres," pensé. "No pienso volver. Sigue escribiendo para ti misma, bruja. Te acabarás consumiendo en la más completa soledad, sin un solo lector que te lea".
Sin embargo, algo bueno salió de todo aquello. Porque decidí que era hora de viajar y escribir mis propias historias. No están ni mucho menos a la altura de las de Ruth, pero mi blog tiene más de 1000 suscriptores que me siguen día a día sin saber que soy una pobre y simple rata a la que le arrebataron todo, pero que supo sobreponerse a la desgracia y aprender de ella. No espereis verme nunca, pero sabed que estoy ahí, observándoos desde mi cajón.
En este texto se hacen referencias a:
Ratatouille (2007) de Pixard.
Willard (1971) por Daniel Mann.
Mousehunt (1997) por Gore Verbinski.