23 de mayo de 2011
DDHA.S01E15.Esclavo.de.su.propia.Ignorancia.odt
8 de mayo de 2011
DDHA.S01E14.El.Ser.Humano.en.Consonancia.con.la.Tierra.odt
Imagen por Pamp (Creative Commons License)
Paciente (después de mirar el dibujo detenidamente): Este es fácil. La vida es un largo camino accidentado. De hecho, lo que lo hace digno de recorrerse son las curvas de visibilidad reducida, que te deparan sorpresas inesperadas, los baches, las subidas que te dejan sin aliento y las cuestas abajo, sobre todo cuando te das cuenta de que te fallan los frenos. No nos engañemos, el camino lo empezamos y lo acabamos siempre solos, pero a veces nos cruzamos con alguien que nos acompaña un trecho, haciendo que durante un tiempo las subidas sean menos arduas y las bajadas doblemente emocionantes... De modo que un día te cruzaste con ese alguien especial con el que marchaste al unísono durante unos kilómetros, alimentando la falsa ilusión de que siempre seríais uno: ella las patas delanteras y tú probablemente las traseras, dejándote llevar, a veces a ciegas, viviendo un sueño hecho realidad, una mentira.
Psicólogo (quitándole el dibujo de la mano e interrumpiéndola): No, no, no... Estás sacando las cosas de contexto. Aquí no hay ninguna pareja, ni nada que se le parezca, límitate a decirme lo que ves en el papel...
Paciente (señala el dibujo que tiene el psicólogo entre sus manos para insistir en su línea argumental): Un cuerpo, cuatro patas, pero dos cabezas, ¿no lo ves? Nunca fuistéis uno... ¿Qué pasó? ¿No pudiste seguirle el paso? ¿Te levantaste una mañana y resultó que volvías a ser bípedo?
Psicólogo (algo alterado, retorciendo el papel): Basta ya, deja de decir tonterías, ¿quién es el psiquiátra aquí?
Paciente (mirándole sorprendida): ¿Pero no eras psicólogo?
¿Psiquiatra? (recomponiéndose): ¿Qué? Mira, sólo quiero que entiendas que no hace falta que compliques tanto las cosas. Limítate a contarme lo que ves. Paciente (cogiendo el dibujo de entre sus manos, tomándose su tiempo para alisarlo y volviéndolo a mirar): ¡Ah, eso! (resoplando) Un árbol de hoja caduca, dos niños corriendo por una pradera en un día soleado, la corteza terrestre y cuatro patas de cuatro dedos, caminando lentamente...
Pip
Psicólogo (volviendo a guardar el dibujo en su cartera): ¿Lo ves como no era tan difícil? Sólo es un dibujo que hice en mi fase ecologista... El ser humano en consonancia con la Tierra, integrado en ella...
Paciente (poco entusiasmada): Pues vaya...
16 de marzo de 2011
DDHA.S01E13.Primera.Consulta.odt
9 de marzo de 2011
DDHA.S01E12.Voces.en.mi.Cabeza.odt
Para empezar, me habían cambiado a Pilar por un enfermero con cara de pocos amigos, el cual respondía a todas mis preguntas con un gruñido.
- Hola, ¿qué tal te va?
- Grrrrrr...
O si no:
- Buenas, qué frío que hace esta mañana, ¿no?
- Brrrrr...
Lo que me resultaba bastante frustrante, aunque una vocecilla de duende que se había colado en mi cabeza se empeñara en repetirme que todo estaba bien.
- ¡Todo está bieeeeeeeeeeeen!
Además desaparecieron todas las pastillas. Si no me hacían falta a mí, a los demás tampoco. O al menos eso era lo que me había dicho mi abuelo, que decidió pasar más horas conmigo, como si de repente tuviera una necesidad imperiosa de estrechar nuestros lazos familiares. Había traído una enorme pizarra a mi habitación, sobre la que desplegó una fórmula kilométrica que insistía en resolver conmigo porque, según él, eso era lo que más me gustaba en el mundo.
- ¡Bieeeeeeeeeeeeeeeen! - volvía a decir la vocecilla cada vez que me acercaba a la pizarra empuñando mi tiza.
Y si no estábamos añadiendo números en la pizarra, salíamos a pasear por el jardín al otro lado de mi ventana para discutir teorías de las que yo podía hablar como un autómata, mientras examinaba el muro al exterior, que habría jurado que medía cinco metros más que antes; observaba a los gatos de Cándida jugueteando alrededor de la fuente, a los monos verdes rastrillando el suelo, o al psicólogo, que nos miraba de reojo desde su banco, al que mi abuelo procuraba no acercarse demasiado.
- Pero, ¿qué haces?
- ¿Yo? - le pregunté mirando las piedras que acababa de recoger del suelo.
- Las has cogido con la mano izquierda... ¡y no eres zurda! - me dijo quitándome las piedras y tirándola al suelo con rabia.
A esas alturas ya tenía claro que la otra debía de haber sido diestra, pero no entendía por qué le frustraba tanto que yo no lo fuera.
Cándida ya no limpiaba mi habitación, sino que lo hacía Sofía, que aparecía todas las mañanas sonriente y sin decir palabra, hacía la cama, barría y fregaba el suelo, pasaba un paño por los estantes y seguía con el baño, mientras yo me tomaba el desayuno sin despegar la mirada de la pantalla de la televisión, donde pasaban la programación infantil.
- ¡Bieeeeeeeeeeeeeeen! - decía una y otra vez la voz del duende, a la que había decidido llamar Sebas, dado que parecía que íbamos a pasar una buena temporada juntos.
A Luis sólo le veía como de refilón, pasando por el pasillo cual ráfaga, sin tiempo para detenerse a saludarme. Tenía ganas de contarle chismes como mi encuentro con Gustavo, pero mi amigo siempre tenía una excusa estúpida que le impedía charlar conmigo como solía hacerlo antes.
- Mira, lo siento, están haciendo unas patatas guisadas en la cocina y acaban de llamarme por la radio para pedirme que las retire del fuego...
O bien:
- Luego hablo contigo, Eva. Hay dos viejos peleándose en la sala de la televisión y me han ordenado que intervenga...
Pero sus “luegos” nunca llegaban. Y aunque la vocecilla dentro de mi cabeza no dejaba de repetirme que todo estaba increíblemente bien, aquello me entristecía. No, definitivamente aquello no estaba bien. Y, ¿quién era ese duende? ¿Qué quería de mí? ¿Cómo se había metido en mi cabeza? De modo que en un descuido de mi nuevo guardia, hice lo más lógico dadas las circunstancias y eso a pesar de que Sebas no pareciera estar de acuerdo en absoluto.
- ¡Nooooooooooo oooooooooooooooooooooo! - me decía mientras yo salía de la habitación, bajaba las escaleras de dos plantas, atravesaba los pasillos, traspasaba la puerta al jardín de atrás, me acercaba al banco sigilosa y me anunciaba al psicólogo así:
- Hola, soy Eva.
2 de marzo de 2011
DDHA.S01E11.Viaje.Estelar.Parte.2.odt
- ¿Qué haces? - le pregunté.
Se volvió hacia mí y caí en la cuenta de que se parecía mucho a mi abuelo, sólo que en lugar de bigote tenía barba, su pelo era más largo y no llevaba gafas.
- ¿No lo ves? - me contestó. - Estoy dándole una paliza a esta maldita máquina.
- ¿La del cuarto de la puerta azul? - le pregunté.
- No, no... El sistema de hibernación de la nave, ¿recuerdas? Estoy harto de estar solo y la vida es corta, así que he decidido hacer algo al respecto.
- Pero, - le dije, - esto le va a costar la vida a un piloto...
- ¿A cuál de ellos, al simpático o al otro?
- ¿Qué?
- Y tú, ¿qué es lo que quieres en la vida? ¿te has parado a pensarlo? - me dijo clavando sus ojos en mí. - Y más importante aún, ¿qué vas a hacer al respecto?
Le miré desconcertada, sin saber qué responderle.
- Si te quieres escapar de esa residencia en la que estás atrapada, - continuó Gustavo. - ¿Por qué no lo haces? ¿Qué es lo que te impide hacerlo?
- ¿Es-ca-par? - repetí como masticando cada sílaba, intentando determinar el alcance de aquella palabra que me abría las puertas a un sinfín de nuevas posibilidades.
- Sí, escapar para llevar una vida normal, como la de la gente de la tele, - insistió el viejecillo. - ¿No es eso lo que quieres?
Escapar. Los obstáculos no hacían más que multiplicarse en mi cabeza:: las cámaras, los guardias, sus porras, la puerta blindada, la alarma, el muro inexpugnable, la policía, sus armas, los perros, los helicópteros, los coches patrulla, las sirenas, Scotland Yard, la prensa... y vuelta a la residencia. Lo mirara como lo mirara, todo volvía a conducirme a la residencia.
- Nada es imposible... - me dijo como leyendo mi pensamiento.
En ese momento varias tuercas salieron despedidas cual proyectiles que pasaron silbando entre Gustavo y yo. Más tuercas siguieron y tuvimos que agacharnos. La máquina empezó a rebufar y aquello parecía que iba a explotar de un momento a otro.
- ¡Ay, mi madre! - le oí exclamar.
Fue entonces cuando La Aurora comenzó a anunciar repetidamente un fallo grave en el sistema de hibernación...
- ¡Corre, vete! - me dijo Gustavo. - Las cápsulas se van a abrir de un momento a otro y ni siquiera estás en el reparto.
- ¿Estás seguro de que no pueden hacerme un hueco en la serie? - le pregunté.
- Mira, si quieres vernos, no tienes más que poner el canal ocho los jueves a las diez y media de la noche, pero sea lo que sea lo que estés buscando, ten por seguro que no vas a encontrarlo aquí.
Para entonces todo se había tornado rojo, incluso la cara del viejecillo, que seguía sujetando el martillo en su mano y que volvió a ensañarse con la máquina en cuanto me alejé de él. Corrí de vuelta hacia el bar y desde allí regresé al cuarto de las literas. Volví a tumbarme sobre una de ellas y cerré los ojos con todas mis fuerzas con la esperanza de que aquello bastara para teletransportarme de vuelta a mi habitación.
- Dale, dale... - creí oirle decir a mi abuelo. - Al botón rojo, al rojo, ¡al rojo te he dicho!
Y no sé si fue mi fuerza de voluntad, o un simple botón rojo... pero al volver a abrir los ojos supe que estaba de nuevo en casa.
23 de febrero de 2011
DDHA.S01E10.Viaje.Estelar.Parte.1.odt
16 de febrero de 2011
DDHA.S01E09.Desde.Dentro.Hacia.Afuera.odt
9 de febrero de 2011
DDHA.S01E08.La.Aurora.odt
2 de febrero de 2011
DDHA.S01E07.Fantasmas.odt
26 de enero de 2011
DDHA.S01E06.Paseo.Espacial.odt
19 de enero de 2011
DDHA.S01E05.Pastillas.de.Colores.odt
13 de enero de 2011
DDHA.S01E04.La.Otra.odt
6 de enero de 2011
DDHA.S01E03.Espejo, Espejito.odt
- Porque a esta edad y con este cuerpo, no puedes aspirar a otra cosa... - me dijo al tiempo que espachurraba los michelines a la altura de su cintura para dar más énfasis a su afirmación.
Y sin más preámbulos se lió a describirme con todo lujo de detalles su experiencia con una página de contactos gracias a la cual ya había tenido varias citas, pero para entonces mi atención ya se había desviado hacia el estudio de mi propio rostro en el espejito que sostenían mis manos temblorosas. Recuerdo que estuve a punto de dejarlo caer al suelo. No sólo porque tenía que enfrentarme al hecho de que mi propia cara no me sonaba de nada, sino también porque por un momento dudé de si me encontraba ante un chico afeminado o una chica muy poco femenina. Incluso tuve que mirar debajo de mi camisón para cerciorarme de que no me habían llamado "Eva" para gastarme una broma pesada.
- ¿Qué te pasa? - dijo Pilar interrumpiendo su parloteo al percatarse de que no la estaba escuchando.
- ¿Zienpe e zido azín? - le pregunté sin poder decidir si me gustaba mi propia cara o no.
- Sí, claro, - me contestó ella desprendiendo un aliento a café y chicle de fresa. - Aquí todavía no hacemos la cirugía estética, guapa.
Tenía una cara alargada y pálida salpicada de pecas, ojos verdes escoltando a una nariz afilada y cabello muy corto de color castaño. Mi boca, ni muy grande ni muy pequeña, escondía una dentadura casi perfecta. La abrí para preguntarle algo más a la enfermera, pero ésta ya se había marchado dejándonos solas en la habitación. A mí y a la tele desajustada, que seguía con su eterno parloteo y su mundo de color verde.
- ¿Kién zoi?
Pero la chica flaca del espejo no sabía la respuesta. Y yo tampoco. Me quedé dormida con otro "cataclak".
30 de diciembre de 2010
DDHA.S01E02.Play.Pause.Rewind.Play.Stop.odt
PLAY. Quedé sumida en un profundo sueño y cuando volví a despertar sólo sabía que era la hora del té. A mi izquierda se sentaba una viejecilla de aspecto frágil, que se sirvió de un leve gesto para ofrecerme una infusión y unas galletas de aspecto insípido. Tenía ojos claros, una naricilla respingona y una boca muy grande cuyos labios estaban pintados de un rojo intenso. Su dentadura postiza me sonreía con dulzura y pensé que no me importaría que fuera mi abuela. A mi derecha se sentaba el viejo del bigote y gafas de la escena anterior. El periódico que su mano izquierda acababa de dejar caer al suelo estaba casi tan arrugado como su propia cara. El sonido de la lluvia que caía al otro lado de la ventana se mezclaba con el de la vieja tele, cuya pantalla nos traía anuncios de juguetes y perfumes pintados de color verde. Me dije que la Navidad debía de estar próxima y que el televisor no funcionaba bien.
- Hola Eva, ¿qué tal te encuentras hoy? - me preguntó el viejo, al que le crujieron todos y cada uno de sus huesos desgastados al agacharse para recoger el periódico. Aunque se apresurara a volver a esconderlo en la chaqueta raída que colgaba de su silla, los escasos segundos que el periódico necesitó para recorrer el trayecto entre el suelo y la chaqueta me bastaron para averiguar dos cosas: que era 16 de diciembre del año 2009 y que la NASA acababa de lanzar un telescopio espacial para realizar un mapa completo del cielo en el infrarrojo.
- ¿Eva? - insistió aquel señor clavando sus ojos en los míos.
Si hubiera podido leerme el pensamiento, habría sabido que me preocupaba el hecho de que la NASA contara con tan solo nueve meses para la misión porque ese era el tiempo en que tardaría en agotarse el refrigerante de los detectores del telescopio. De hecho, incluso llegué a abrir la boca para explicarle con todo lujo de detalle lo que deberían haber hecho para evitar el problema, pero, por suerte, mi sentido común intervino pulsando la tecla de la pausa, tras lo cual rebobiné hasta el momento en que me había formulado la pregunta y para cuando volví a darle al PLAY, fui capaz de improvisar un comentario más propio de una paciente postrada en la cama de un hospital.
- ¿Kién ez? - pregunté al viejecillo señalando a la señora de las galletas y el té. - ¿Mi havuela?
Y recuerdo que él se rió y que le faltaban dos dientes.
- No, no... Yo soy tu abuelo, - me aclaró. - Ella sólo es Sofía, mi secretaría, ¿no la recuerdas?
Sofía, que era demasiado vieja para poder ser la secretaria de nadie, nos sonrió sin decir palabra y se comió una de mis galletas. Yo me volví a dormir y en mis sueños les oí comentar algo acerca de un reajuste. Sí, eso era precisamente lo que necesitaba la tele. STOP.
23 de diciembre de 2010
DDHA.S01E01.Pilot.hdtv.xvid-fqm.odt


Lo primero que recuerdo es un pitido seguido de un pantallazo en blanco y una especie de "cataclak". A continuación un silencio sepulcral, un escalofrío recorriendo mi espalda, una sensación de vértigo que me hizo perder el equilibrio y precipitarme al vacío, sin nada a lo que aferrarme para volver a cualquiera que fuese mi realidad. Presa del pánico, desesperé tratando de recordar quién era o cómo había llegado hasta allí, pero mi cabeza estaba tan hueca como aquel pozo por el que caía a velocidad vertiginosa. Mi instinto, o lo poco que quedaba de él, me gritó que me preparara para el fuerte impacto que precedería a ese pantallazo en negro llamado "muerte". Sin embargo, los segundos y minutos fueron amontonándose sin que pasara nada. Cuando ya empezaba a dudar de que aquella caída fuera a tener un final, creí distinguir a lo lejos unas sombras grises, que al principio apenas podían diferenciarse del blanco imperante, pero que, poco a poco, fueron adquiriendo forma hasta dibujar claramente el contorno de tres figuras que se inclinaban sobre mí balbuceando. Sus voces distorsionadas me llegaban como ecos lejanos provenientes de una emisora de radio mal sintonizada. De modo que alargué mis manos buscando la rueda y cuando por fin la encontré la giré hasta lograr que esas voces se volvieran inteligibles.
- Hola, ¿sabes dónde estás? - me preguntó un cincuentón mal afeitado y algo sudoroso, embutido en una bata blanca.
Aquello era la habitación de un hospital, aquel tenía que ser un médico y yo debía de ser una de sus pacientes, postrada en cama por motivos que desconocía. Intenté incorporarme, pero ninguno de mis músculos obedeció aquella orden aparentemente tan sencilla.
- ¿Recuerdas algo del accidente? - me preguntó un viejo diminuto con gafas de cristales muy gruesos y enorme bigote blanco. No llevaba bata, ¿quién piiiiiiiiiii era?
- ¿Ké? - logré decir al tiempo que me sorprendía descubriendo el sonido de mi propia voz.
- Está confundida... - dijo entonces la mujer grandota disfrazada de enfermera que les acompañaba. - Quizás sea mejor que volvamos más tarde.
De modo que aquellos tres desconocidos, que luego supe que eran el doctor García, mi abuelo y la enfermera González se marcharon, dejándome sola en aquella habitación de un geriátrico en la que volví a nacer a la edad de veintiocho años. Me llamaba Eva y había sobrevivido milagrosamente a un accidente de tráfico que había reseteado mi cabeza. Pip.
7 de septiembre de 2009
EL AMANECER DE LOS CERDOS
22 de mayo de 2009
Desde Dentro Hacia Afuera - Volumen 1
¡Hola a Todos! Hace tiempo que tenía la idea de autoeditar un libro con mis cuentos. Más que todo porque hay un porrón de gente que se resiste a leerlos desde la pantalla de su ordenador. De modo que Alex y yo nos pusimos manos a la obra y después de varios meses, aquí está por fin el primer recopilatorio de cuentos. No hemos hecho una selección de historias, sino que hemos puesto todas aquellas publicadas entre diciembre de 2007 y septiembre de 2008.
Más adelante pondremos el link a bubok para el que quiera pillarse el libro por su cuenta. Toda la información al respecto estará en mi página web recién estrenada.
www.nataliagurtner.com
17 de mayo de 2009
La Séptima
Hugo era una especie de “okupa” imaginario que se había instalado en mi cabeza en esas fatídicas Navidades en que Papá Noel había metido la pata con mi regalo. Por entonces yo era una niña de ocho años y aunque mi madre trató de explicarme que aquel invierno el gordo andaba corto de presupuesto, yo no atendía a razones. Monté tal escándalo delante de toda la familia, que a mis padres no les quedó otro remedio que castigarme sin cena. Aún recuerdo el árbol de Navidad junto a la tele, el juego de mesa hecho trizas, el olor a cordero asado, la mirada reprobatoria de mis abuelos al pasar junto a ellos de camino a mi cuarto... y al entrar en él, la sorpresa al descubrir mi auténtico regalo junto a la cama. Nada menos que Hugo, un niño regordete y pecoso, de pelo negro y ojos celestes, vestido con un pijama rojo. Nunca olvidaré las primeras palabras que salieron de su boca:
- Hola Carla, ¿me dejas entrar?
Y vaya que si entró. Al principio estuvo bien. Lo de tener mi propio amigo imaginario, mi secreto. Siempre dispuesto a escucharme, a reírme las gracias, a espiar a mis amigas o a soplarme las respuestas de los exámenes. Hasta que un buen día se hartó de mi juego y tuvo la desfachatez de decirme que estudiara para aprobar. Entonces dejó de parecerme divertido y le pedí de buenas maneras que se fuera, pero se negó en rotundo aduciendo que era la voz de mi conciencia, que sin él yo sería capaz de cualquier cosa. De cosas terribles. Y de repente fue como tener a mi madre metida en la cabeza las veinticuatro horas del día. Que no viera la tele hasta tan tarde, que hiciera los deberes, que no le diera de comer eso al gato que le iba a matar, que dejara recogido el cuarto... Vamos, un auténtico coñazo.
Con el paso del tiempo nuestra relación no hizo más que empeorar, pues él seguía siendo el mismo niño del pijama rojo de la primera noche, mientras que yo, que ya había tirado todas mis muñecas a la basura, crecía convirtiéndome en una jovencita con inquietudes que iban más allá de su comprensión. Recuerdo como si fuera ayer esa tarde en que invité a un chico a jugar a los médicos en mi cuarto, pero no por el chico en sí, cuya cara hace tiempo que he olvidado, sino por Hugo, testigo involuntario de nuestro experimento:
- Pero, ¿se puede saber qué estáis haciendo? ¿Por qué te quitas la camiseta? Y ése, ¿pero has visto dónde acaba de meterte la mano? Pero y tú... ¡Mira que eres guarra!
Estuvo sin hablarme varios días, tras los cuales volvió a la carga con su interminable lista de reproches. Que a qué venía tanta fiesta, que si ese chico no me convenía, que hiciera el favor de estudiar más, que dejara de fumar de una vez, que no le tirara piedras al perro del vecino...
- ¡Cállate ya!
Pronto dejamos atrás mi adolescencia, mi paso por la universidad, mi primer empleo... y sin saber cómo acabé trabajando como contable para un imbécil que apenas me pagaba lo suficiente como para cubrir los gastos del alquiler de un piso compartido. Desgraciadamente mis compañeras no solían durar mucho. No sólo porque fuera desordenada y terriblemente maniática, sino porque era más fácil pensar que estaba loca que aceptar el hecho de que tuviera un amigo imaginario con el que discutía a todas horas. Pero, claro, ellas qué iban a saber: conocían a un chico, se enamoraban, salían con él, se divertían, discutían, lloraban, se separaban y vuelta a empezar. Sin embargo, yo no tenía vida, no tenía nada. Sólo tenía a Hugo y hubiera dado cualquier cosa por oirle preguntar si le dejaba salir. Porque yo también tenía derecho a disfrutar de una vida deliciosamente insulsa, simplemente normal.
- ¿Una vida normal? ¿No me hagas reír?
Y vuelta a discutir, otra compañera que se iba y no volvía. Ya iban seis en apenas un año. Y entonces, cuando empezaba a perder las esperanzas, cuando pensaba que estaba condenada a compartir mi vida con Hugo hasta que la muerte nos separara, apareció Ruth, mi compañera de piso número siete. Era una joven gordita y pelirroja, muy simpática, pero algo tonta, que durante la entrevista nos había dicho que trabajaba como secretaria en un bufete de abogados. Aunque la profesora de gimnasia prometía más, Hugo insistió en que pilláramos a Ruth. Por nada en especial, porque sí. Normalmente aquello hubiese desembocado en otra de nuestras discusiones habituales, pero algo me decía que debía explorar aquella nueva faceta de Hugo, menos cerebral.
- Bueno, se queda.
Fue llegar Ruth y dejar de discutir. De golpe y porrazo, mi amigo dejó de echarme la bronca por comprar comida precocinada, por gastar demasiado dinero en ropa, por rayar los coches de los vecinos con la llave del portal, por dejar encerrado al auditor durante un fin de semana en el cuarto de baño de la oficina... Yo, ese monstruo del que mi amigo se había autoproclamado guardián, era como una vieja bestia ensombrecida bajo el encanto de la bella Ruth. Que si la manera de hacer globos con los chicles de fresa, que si los ruiditos que hacía al sonarse la nariz, que si su acento andaluz, que si la manera en que sorbía el cacao del desayuno...
- ¡Basta ya!
Aunque Ruth fuera algo tonta, pronto se dio cuenta de que yo tenía la costumbre de hablar con el hombre invisible. Pero a diferencia de las otras, no pareció darle importancia a este hecho, como si estuviera dispuesta a aceptar que debía de haber una explicación lógica para aquello, sólo que ella no la entendía. Una mañana me decidí a contarle lo de Hugo mientras desayunábamos en la cocina.
- ¿Un amigo imaginario de los de verdad? - me preguntó ella abriendo los ojos como platos. - Pero, ¿existen entonces? Y, ¿cómo es?
Y yo, ¿qué queréis que os diga? Le eché un poco de imaginación. Le dije que se parecía a uno de esos actores que nos gustaban a las chicas, ya sabéis, tipo Takeshi Kaneshiro o Tony Leung. ¿Porque a qué chica podía interesarle un amigo imaginario como Hugo, regordete y con su pijama rojo? Ni siquiera a Ruth. Pero a Tsuyoshi Kusanagi no había quien le dijera que no, ni aunque fuera una deshonra para su país después de que le encontraran desnudo y borracho en un parque. Y de eso se trataba, de que Hugo se mudara de cabeza y yo pudiera retomar las riendas de mi vida.
- Y, ¿qué hace mientras duermes? ¿Tiene familia? ¿Le gusta el café sólo o con leche?
Durante las semanas siguientes los tres fuimos inseparables. Ellos dos y yo, la intérprete y confidente, siempre en medio, asediada por sus preguntas y respuestas, por esas tonterías de enamorados. Si hubiera sido una buena persona, les hubiera recordado que aquella era una relación abocada al fracaso, pero no hice más que echar leña al fuego. Mucha leña. Para asegurarme de que Ruth no se nos escapara porque iba a ser difícil encontrar a otra tan tonta.
Una tarde de martes quedamos con las amigas de Ruth y sin saber cómo acabamos metidos en la Sala Moby Dick, donde había un directo de La Habitación Roja. Sólo que en lugar de tocar sus temas habituales, tocaron los del “Unknown Pleasures” de Joy Division. Y recuerdo que a todas les pareció una auténtica cagada porque se empeñaban en que les cantaran “Un Día Perfecto” o “La Edad de Oro”, mientras que Hugo y yo estábamos encantados de poder escuchar un directo de Joy Division en pleno siglo XXI. De hecho, estábamos tan absortos siguiendo el desarrollo de la actuación, que, cuando quisimos darnos cuenta, Ruth había desaparecido. Ante la insistencia de Hugo, me puse a buscarla en los bises mientras maldecía a aquellos dos tórtolos por no dejar que disfrutara del “Love will tear us apart”. Cuando por fin la encontré, estaba de pie junto a la barra del fondo, charlando con un pijo que le debía de estar contando chistes de esos que ella entendía.
- ¡Pero haz algo! - me dijo Hugo angustiado.
Y recuerdo que le mire, en la medida en que se puede mirar a un amigo imaginario, y le sonreí sin decir nada.
- ¿No vas a hacer nada?
En aquellos veinte años de convivencia era la primera vez que le veía inseguro, asustado, dispuesto a escuchar a su corazón antes que a su cabeza, que le decía que todo aquello era una locura, que nosotras pertenecíamos a un mundo distinto al suyo y que lo de Ruth no podría durar ni aunque consiguiera meterse en su cabeza. Tarde o temprano se hartaría de él y le pediría de buenas maneras que se largara, entonces él inventaría una excusa para quedarse y ella se la tendría guardada durante los veinte años siguientes... Hasta que encontrara a otra pringada que se lo llevara.
El tiempo apremiaba. El pijo seguía con sus maniobras de aproximación y Ruth se dejaba. Los de la Habitación Roja se despedían mientras nos animaban a ver la película “Control”, que estrenaban con un año de retraso y que todo el mundo se había descargado hacía siglos. El pijo pagaba las cervezas, Ruth se iba al guardarropa a recoger su chaqueta. Se iban, se iban...
- ¡Carla, déjame salir! - le oí decir a Hugo por fin.
Y sí, salió. No fue la salida apoteósica que me había imaginado, simplemente supe que había dejado de estar allí y me sentí más ligera. Libre al fin. Ruth saliendo del local, el pijo tras ella y yo agarrándole del brazo con fuerza para impedir que les siguiera.
- ¿Qué haces, idiota? - me preguntó tratando de zafarse.
Les alcancé antes de que llegaran al piso. Era cerca de medianoche. Ruth caminaba por una calle solitaria, ténuemente iluminada por una farolas enclenques. Pasaba junto a contenedores de basura rebosantes, junto a tiendas de alimentación con las persianas echadas, junto a bancos vacíos y buzones silenciosos. Se cruzó con un indigente que se acomodaba en la entrada de un banco para pasar allí la noche y que se volvió al verla pasar, tras lo cual movió la cabeza como se mueve cuando ves a una pobre loca hablando sola, gesticulando como si mantuviera una conversación con un amigo imaginario. Sólo que los amigos imaginarios no existían. Poco después creyó percibir una sombra que pasaba cual torbellino junto a él, pero al incorporarse para identificarla, no logró ver nada y se dijo que la cena le había sentado mal, o que había bebido demasiado vino barato, o vaya una a saber qué.
- Luego oí ese grito extraño, - le explicó a la policía unas horas más tarde.
Había encontrado a Ruth en un callejón, degollada.
Al día siguiente en la tele contaron que se habían producido dos extrañas muertes en el mismo barrio, sospechándose que su autor era el mismo. Que primero había muerto un joven en los aseos de la Sala Moby Dick, víctima del ataque de algo o de alguien. Sólo que nadie había visto nada raro. Le habían oído gritar pidiendo auxilio, pero para cuando le encontraron, yacía inconsciente sobre un charco de sangre. Al llegar la ambulancia ya sólo era un cadáver enfriándose rápidamente. Dijeron que había muerto a causa de unas heridas profundas, como las que podrían haber producido las garras de un animal enorme, el mismo que se había abalanzado minutos después sobre Ruth en el callejón y que de un zarpazo se había llevado por delante su vida y la de su amigo imaginario. Claro que al pobre Hugo no le mencionaron en las noticias.
Cuando al cabo de unos quince o veinte asesinatos, con los que alcancé el nivel de celebridades como el Asesino del Hielo o el Carnicero de la Bahía, lograron dar conmigo y encerrarme, trataron de encontrar una explicación coherente para aquellas atrocidades. Culparon a los vídeojuegos, a mis padres, al sistema educativo, a internet, a la televisión... Pero qué iban a saber aquellos periodistas y medicuchos de poca monta: nacían, crecían, iban al cole, hacían amigos, se echaban novias, se casaban, tenían hijos, envejecían y morían siendo reemplazados por otra generación igual de mediocre.
- Todo fue culpa de Papá Noel, - me oían repetir.
Sí, aquel gordo inútil que había decidido ahorrarse una pasta regalándome un juego de mesa y un amigo imaginario en lugar de esa simple bicicleta que le había pedido. Os aseguro que con ella esta que os habla habría pedaleado en una dirección muy distinta, convirtiéndose en la chica insulsa e inofensiva con la que habría soñado cualquier padre. O lo que es lo mismo, en una perfecta candidata para engrosar la lista de mis víctimas.
Cuando ahora me ven caminando en círculos por el patio de la prisión, con una cara estúpidamente feliz, muchos me reconocen y se me quedan mirando mientras piensan algo así como: “Pobre loca, perdió la razón, lo perdió todo”. Pero están equivocados, ¿sabéis? Estos enormes muros no pueden impedir que por primera vez me sienta realmente libre. Me han preguntado ya muchas veces si me arrepiento de lo que hice y yo no me canso de repetirles que no, ¿cómo podría? Lo volvería a hacer una y mil veces. Ellos no lo entienden, no conocen mi historia. Pero, ¿y vosotros? ¿Acaso tengo que recordaros que la voz de mi conciencia se hallaba entre mis tres primeras víctimas?















