19 de enero de 2011

DDHA.S01E05.Pastillas.de.Colores.odt


Las pastillas eran todo un misterio. Las había verdes, negras, azules, grises y amarillas. Me daban dos negras y una amarilla con el desayuno, una azul a la hora del almuerzo y dos grises y una verde antes de acostarme. Aunque lo preguntara repetidas veces, nadie quiso explicarme para qué eran todas aquellas pastillas, como tampoco habían querido explicarme otras muchas cosas. Como por qué debía permanecer postrada en cama si no parecía tener nada roto, o por qué no me visitaba nadie salvo mi abuelo y su secretaria. O más importante aún, ¿por qué a todos les parecía tan normal que me hubieran ingresado en un geriátrico tras mi accidente de tráfico?
Los primeros días me tomaba todas las pastillas religiosamente, pero pronto dejé de hacerlo porque me di cuenta de que no me hacían ningún efecto. Además había personas que parecían necesitarlas más que yo.
A Sofía le gustaban las azules. Cada vez que entraba en mi habitación para traerme la merienda, se las quedaba mirando fijamente, hasta que un día me sonrió ofreciéndome la palma de su mano. Al principio pensé que quería que se la leyera, pero ella negó con la cabeza e hizo uno de sus gestos para indicarme que esperaba otra cosa de mí: la pastilla. De modo que se la di sin decir nada y ella se apresuró a meterla en uno de los bolsillos de su chaqueta al tiempo que me guiñaba un ojo. Desde entonces se las llevaba todos los días tras cerciorarse de que nadie nos observaba. Nunca le pedí nada a cambio, pero en mi mesilla de noche empezaron a aparecer chocolatinas o revistas del corazón con sudokus mal resueltos. Incluso se molestó en ponerme un mini árbol de Navidad hortera sobre el alféizar de mi ventana con vistas al jardín de atrás.
Las pastillas verdes se las daba a Pilar para que pudiera soñar con cosas agradables.
- No sé, no debería... - me dijo la primera vez.
Varias pastillas más tarde, me animó a que fuera al baño por mi propio pie, mientras ella vigilaba para cerciorarse de que ni el médico sudoroso, ni mi abuelo se enteraban de aquello.
- ¿Eztás zegura? - le pregunté.
Y tan seguro como que se llamaba Pilar, me fui tambaleando hasta el baño, donde tuve el placer de hacer mi primer número uno sin necesidad de aquella horrible cuña. Aquella fue la primera de muchas excursiones que realicé en mi habitación bajo la supervisión de la enfermera, que de momento se conformaba con soñar con príncipes gracias a mis pastillas verdes.
La señora de la limpieza, una mujer menuda y muy enérgica que hablaba sin parar pero a la que apenas entendía por culpa de su acento extranjero, se quedaba con mis pastillas grises y amarillas. Me aclaró que no eran para ella, sino para su hijo, que se sacaba un dinerillo extra vendiéndoselas a sus compañeros del instituto. Cándida, que así se llamaba la mujer, se metía las pastillas en el bolsillo de su bata gris, asegurándome que algún día Dios me pagaría por aquello. Le dije que de momento me conformaba con un destornillador, el cual apareció una mañana entre mi taza de té y las tostadas.
- ¿Y las pastillas negras? ¿Para qué las quieres? - me preguntó Candida un día con ojos avariciosos.
No, las negras eran para Luis, el vigilante, un tipo mustio que desprendía olor a tabaco y que me había prometido dejar que me paseara por los pasillos del geriátrico cuando tuviera turno de noche. Había sido el primero en darse cuenta de que mi televisor se había recuperado milagrosamente del mal que le había estado aquejando.
- ¡Vaya! ¡Pero si te lo han arreglado!
Estábamos inmersos en una conversación bastante interesante sobre cómo solían fastidiarla en las películas al tocar el tema de los viajes en el tiempo, cuando al levantar la vista se había percatado de que la pantalla había recuperado todos sus colores. Empecé a explicarle que yo misma había sido la responsable del milagro, pero para entonces Luis ya no me estaba prestando la más mínima atención. Tras consultar su reloj de pulsera, cuyas agujas doradas marcaban las once y veinte de la noche, negó con la cabeza mientras me decía:
- De haberlo sabido, podríamos haber visto juntos el segundo capítulo de “La Aurora”...
Y sin más se fue porque con aquel disgusto le habían entrado unas ganas increíbles de fumarse uno de sus cigarrillos.
- ¿La ké...? - le pregunté a la tele.

5 comentarios:

Sara dijo...

Lo mejor que se puede encontrar en internet estos días es tu blog. Felicidades!

Nati dijo...

Muchas gracias, Sara. Está bien saber que hay alguien ahí fuera :)

San dijo...

Hey! Te queda alguna de esas pastillas verdes para mi?
Jajaja...
Parece que Eva esta encontrando su sitio y algunos aliados...
Sigue subiendo mas que esta muy interesante...

Nati dijo...

Arigatô gozaimasu, Sandora-san. Ya te paso un par de pastillas verdes este viernes ;-)

dabid dijo...

Mira a ver si te quedan pastillas para mi, que las que me ha mandado el médico no me hacen nada y las cabezas de los padres de los niños de la fiesta me han sentado fatal, se me repiten y me producen un dolor de cabeza discontinuo, aparte de la tos, estornudos y moqueo habituales en estas lides...