6 de enero de 2008

Juegos de Sábanas


Te despiertas una de esas mañanas frías en las que el sol apenas se asoma y parece que ya quiere volver a esconderse. Las sábanas te tienen atrapado entre sus brazos algodonosos y te sientes tan increíblemente bien en la cama que no te atreves ni a abrir los ojos para que te golpee la dura realidad: eres un gato peludo cuya dueña se ha ido a esquiar a Andorra, dejándote en casa de su hermana pequeña, esa que te atiborra a galletas verdes porque cree que te gustan. Pero mientras mantengas los ojos cerrados, puedes imaginar que las cosas siguen como siempre, que te encuentras en el estudio de costumbre, en tu territorio, a salvo de las galletas de esa fanática de las telenovelas. No lo quiere confesar, pero sabes que se las traga todas. Vagos recuerdos de una pesadilla soñada la noche anterior asoman a tu limitada memoria felina: una cena de Nochevieja en familia, la visita al bar con un primo de nombre borroso, el combate de lucha libre en una tele rechoncha, el perro de tres cabezas invitándote a una copa de leche... Un escalofrío recorre tu cuerpo al pensar en esas tres cabezas ladrándote al unísono. ¡En tu sueño habías sido una chica bizca que comía tornillos con sabor a naranja! Ya empiezas a sentir la necesidad de abrir tus ojos para cerciorarte de que no te has convertido en uno de ellos. ¡Vaya marrón! Que no te carguen con el muerto de ser un humano en el siglo XXI, para que un tipo te diga desde su avión privado que eres el culpable de algo que llaman "calentamiento global". Pero, ¿de qué hablan? ¡Si hace un frío que pela! Trabajan todo el día, encerrados en sus cajas grises, y cuando vuelven a casa se tragan todo lo que les cuenta la televisión. Se creen muy listos, pero no se pueden pagar una vivienda ni tener hijos. Todos se compran un coche en cuanto pueden y cuando llega el verano se van como locos de vacaciones. No tienes ningún interés en que compartan contigo sus vidas estresadas, has decidido hace tiempo bajarte de su tren para seguir caminando la vida a tu ritmo: de la calefacción al sofá, del sofá a la cesta, de la cesta a la cama, de la cama a la alfombra... No hace falta más, intentas decirles. Pero nunca escuchan, siguen corriendo de un lado hacia otro, como si la vida se les escapara de las manos. Te das la vuelta y te duermes de nuevo mientras un galán de acento venezolano se declara a una hermosa mujer vestida de época. Esta vez sueñas con que eres un gato porteño al que llaman Edgar.

1 comentario:

Rosemarie dijo...

Me encanta como vas enganchando los textos y las imágenes. Me encanta esa gata!!!!, admito mi debilidad. Se llevan mi ordenador a ajustarle los tornillos. Para cuando vuelva, si tienen sabor a naranja, me encantaría seguir leyendo la historia.
Rosemarie