18 de diciembre de 2008

Más allá del Pozo

Foto por Gabriela Camerotti (CC Some Rights Reserved)

Diez, nueve, ocho... No era un cohete despegando, sino mi médico, el Dr García, que me había explicado que cuando la cuenta atrás llegara a uno, volvería a caer en el pozo por efecto de la hipnosis. Al principio me lo había tomado a broma, pues no acababa de creerme que un señor con bata blanca pudiera hipnotizarte. ¿Pero eso no era cosa de magos?

Siete, seis, cinco... Le pregunté si estaba seguro de poder sacarme del pozo cuando acabara la sesión. Intentó tranquilizarme diciendo que despertarme sería tan fácil como volver a contar hasta diez y encima hacia adelante.

- Además, - añadió el Dr García sonriendo, - esta vez haré el viaje contigo.

Aunque eso no supusiera ninguna diferencia ahí abajo, no fui capaz de discutirle a un tipo con tantos títulos empapelando las paredes de su consulta.

Cuatro, tres, dos... Si había accedido a jugar a su juego, sólo fue por mis padres, que seguían sin perder la esperanza de que algún día su hija volviera a ser normal y dejara de caer en todos los “pozos imaginarios” que se cruzaran en su camino. Los médicos me habían explicado que todos teníamos nuestros pozos, pero cada cual sabía dónde estaba el suyo y procuraba esquivarlo. Sin embargo, el mío era caprichoso e impredecible: cambiaba de sitio constantemente y cuando menos me lo esperaba, volvía a caer en aquel submundo del que cada vez era más difícil salir. Durante mis ausencias ocurrían todo tipo de desgracias cuya autoría solían atribuirme. Y yo no me cansaba de repetirles: “Pero yo no estaba allí, estaba en el pozo.” Sin embargo, nadie me creía. Y por eso iba de una institución psiquiátrica a otra desde que tenía uso de razón. No, yo no era ese monstruo del que hablaban en la tele.

Uno... y despegamos. La caída era larga, pero al besar el suelo no sentías dolor. Olía a frío, a silencio. Se palpaba la humedad en el ambiente, la oscuridad se tragaba tu sentido de la vista y avanzabas a tientas, muy despacio, procurando no tropezar, hasta que te topabas con una pared áspera y rugosa, a lo largo de la cual caminabas hasta encontrar la puerta. Aquella vez, a diferencia de todas las anteriores, no estaba sola. Tal como había prometido, el doctor me seguía de cerca sin dejar de hacer preguntas inoportunas: “¿Dónde estamos, Verónica? ¿Qué es lo que sientes? ¿Qué buscas?” La puerta, sólo buscaba la puerta, que se abríó soltando un leve quejido, como el de un perro al que acabas de pisar una de sus patas. La intensa luz nos obligó a cerrar los ojos y cuando volvimos a abrirlos nos encontramos ante el largo pasillo de moqueta verde que me resultaba tan familiar. Ahí nos esperaba Pan, el caniche parlanchín que solía acompañarme en estos viajes. Al ver al loquero, frunció el ceño y me preguntó quién era el intruso.

- No deberías haber traído a un duende, son todos unos aguafiestas, - me dijo el perro con su voz de pito.

De modo que me volví y comprobé sorprendida que a la luz de aquel pasillo, el Dr García ya no parecía un médico, sino un auténtico duende con barba, ojos saltones y orejas puntiagudas. No pude contener la risa. A lo que el médico-duende, que no le veía la gracia al asunto, me miró con aire reprobador y me dijo que ya no era una niña de doce años, que tenía que hacer frente a la realidad y responsabilizarme de mis actos. Entonces caí en la cuenta de que efectivamente ya no era una niña con calcetines de lana a rayas. Y que Pan era un simple caniche de peluche, que me traía recuerdos agridulces de una infancia ya lejana.

- Bueno, ¿y éste nos va a ayudar a buscar a la muñeca con alas o se la va a pasar psicoanalizándonos todo el rato? - preguntó Pan, que volvía a ser el caniche parlanchín de costumbre.

“¿Una muñeca con alas, Verónica? ¿Sabes lo que significa eso?” El duende estaba metido en mi cabeza, la agité para sacarle de ella, pero seguía allí, oculto en algún rincón. Al empezar a caminar por el pasillo sentí su mirada inquisidora clavada en mi espalda y entonces pensé que quizás realmente quisiera llegar al fondo del asunto y ayudarme. Sin embargo, ya era tarde: sin saberlo siquiera, el duende ya estaba atrapado en mi infierno particular.

El pasillo de moqueta verde se extendía a nuestros pies e iba mucho más allá de lo que nuestra vista podía abarcar: lo intuías infinito. A ambos lados del mismo había una serie de puertas amarillas que íbamos abriendo una a una para averiguar dónde se escondía la muñeca. Las habitaciones tras aquellas puertas eran meros espacios en blanco limitados por cuatro paredes, techo y suelo.

“¿Estás tan vacía por dentro como estas habitaciones, Verónica?” La voz del duende retumbaba en mis adentros, lejos del alcance de los oídos de Pan, que de vez en cuando soltaba un ladrido, recordándonos que en el fondo seguía siendo un simple perro.

El duende emitió un chillido inhumano cuando encontró la primera habitación amueblada. Pan y yo corrimos hacia allí y sin saber cómo nos introdujimos en una escena que me resultaba vagamente familiar. Era un domingo por la tarde en un parque soleado lleno de familias más o menos felices. Verónica tenía siete años y paseaba con sus padres, inmersos en una discusión que no le incumbía. La niña correteaba alrededor suyo, sumergida en su propio mundo de fantasía. Agarraba con fuerza una muñeca de trapo con la que hablaba en susurros.

- ¡Vámonos! - dijo Pan. - Esa no es la muñeca que buscamos.

“¡No!” me dijo el duende en mi cabeza. “Sigamos a la niña, Verónica.” Se había internado en un bosquecillo, atraída por los ladridos lastimosos de un perro. Era un caniche blanco, como Pan. Sus dueños lo habían dejado atado a un árbol, pero no estaban a la vista. La niña y su muñeca de trapo acordaron liberarle y así lo hicieron. Le llevaron hasta un pequeño estanque que había en las inmediaciones y le sumergieron en él. Al principio se resistió, pero finalmente se dejó vencer y quedó liberado. “¿Liberarlo de qué?" oí que me preguntaba el duende. "¿Quién te daba derecho a quitarle la vida?”

Pan se había quedado embobado mirando la escena, como tratando de unir las piezas de un rompecabezas que acababa de encontrar. Temí que se identificara con la víctima y me señalara con un dedo acusador. Así que tiré de él con fuerzas y volvimos al pasillo, donde había más puertas esperando a que las abriéramos. Al poco me detuve en seco ante una azul. El duende me apartó y al girar el pomo de aquella puerta nos encontramos sumergidos en una nueva escena donde Verónica era una niña de nueve años con vestido rojo. Caminaba con la misma muñeca de trapo por los pasillos del colegio, sola. Iba pasando junto a las puertas de las clases, repletas de alumnos embutidos en sus uniformes, todos iguales. Los niños seguían con mayor o menor atención las explicaciones de sus profesores, que hablaban de forma monótona y sólo se detenían de vez en cuando para pintar algo en las pizarras.

“Yo no era como ellos,” me dije olvidando que el duende tenía acceso a mis pensamientos. “Me decían que era uno de ellos, que éramos todos iguales. Pero yo no era igual.”

“¿Por eso ibas vestida de rojo, Verónica? ¿Fue ese el día en que provocaste el incendio?” me preguntó el duende desde adentro.

Sólo les habíamos querido liberar, como al caniche del parque. Estaban presos en sus uniformes y me necesitaban para recuperar sus propias identidades, que día a día les arrebataban en el colegio.

Verónica inició el incendio en la biblioteca. Primero fue una pequeña y solitaria chispa, pero pronto creció alimentada por aquel universo de palabras de papel. Al poco sonó la alarma contra incendios. Alumnos y profesores se precipitaron ordenadamente hacia el exterior del colegio, mientras ella les observaba desde un mundo que iba a otro ritmo. Hasta que alguien tiró de su brazo, un profesor, que la sacó fuera de allí. Como Pan, que tiraba de mi brazo con fuerza para sacarme de aquella pesadilla. ¡Gracias, Pan!

La siguiente puerta con sorpresa era morada y de nuevo fue el duende quién la abrió, empujándonos a su interior en contra de nuestra voluntad. Verónica tenía doce años y estaba charlando con otra niña en la azotea de un edificio de un barrio residencial. La muñeca de trapo ya no estaba porque ella había decidido que ya era mayor para jugar con muñecas.

“¿Cambiaste a tu muñeca de trapo por una con alas?” le oí decirme al duende. “¿También tenías que liberarla? ¿La empujaste o lograste convencerla de que podía volar?”

Me había dicho que era un monstruo y que todos iban a saberlo. De modo que la empujé y vi como se precipitaba al vacío emitiendo un leve chirrido. Durante un instante fue una muñeca con alas, pero las leyes de la física pudieron con ella, aplastándola contra el asfalto.

- Ahora que hemos encontrado a tu muñeca con alas, podemos volver a casa, Verónica – me dijo el duende.

Pero no. Había una última puerta que había que abrir antes de marcharnos: una puerta blanca y más pesada que las otras, cuyo umbral el duende no quería traspasar, aunque aún no lo supiera. De golpe y porrazo, los tres nos encontramos en la mismísima consulta del Dr García. Allí estaban el doctor sentado tras su escritorio y al otro lado del mismo la propia Verónica acompañada de sus padres. Lo que ninguno de los cuatro veía es que una enorme muñeca de trapo tiraba de los hilos del doctor-marioneta, que explicaba a los padres de la chica que podría curarla y devolver a la sociedad una versión aceptable de aquel pequeño monstruo capaz de tanta maldad. Verónica y sus padres lloraban emocionados mientras el doctor les explicaba los pormenores del tratamiento.

Pan y yo observábamos divertidos los gestos patéticos del duende, que seguía la escena sin poder dar crédito a sus ojillos saltones.

- ¿Esto es un truco? ¿Qué significa esto? - nos preguntaba. - Ese no soy yo, ¿no lo veis?

De modo que, presa del pánico, comenzó a contar hasta diez para intentar volver a una realidad que ya no era la suya. Después de todo, era un duende, ¿no lo captaba? Fuera del pozo no había sitio para duendes.

- Uno, dos, tres... cuatro... siete...

Pan y yo nos desternillábamos de risa. El pobre duende ya no era ni capaz de contar hasta diez... Comenzó a lloriquear mientras nos pedía ayuda. Tar-ta-ta-mu-de-de-an-do. Pan, que lógicamente tampoco sabía contar, quiso ayudarle diciendo que después del cuatro iba el once. Pero no, no iba el once... ¿Pero cúal iba entonces? El duende se quedó allí, acurrucado en un rincón, mientras trataba de terminar la cuenta. Dentro de poco, olvidaría por qué estaba contando y dejaría de llorar como un niño; poco después ya ni recordaría que algún día había sido médico. Quedaría reducido a un feliz ignorante vagando por mi pasillo eternemante, como Pan y los otros: la muñeca con alas, la vieja sin dientes, el profe de gimnasia, la chacha rumana, el indigente... Sí, tenía muchos amigos esperándome en el pasillo de moqueta verde, más allá de mi pozo.

Uno, dos, tres...
Me llamo Verónica y se contar hasta diez.
Cuatro, cinco, seis...
Llenaré mi pozo de amigos, ya lo vereis.
Siete, ocho, nueve, diez...
El Dr García y la hipnosis: vaya una gilipollez.

Tras salir de la consulta del médico-títere, mis padres me acompañaron a mi habitación. Emocionados, viejos por puro agotamiento, hacían planes para cuando su hija volviera a casa. Se atropellaban al hablar y sonreían estúpidamente, sin poder creer lo que estaba pasando. Yo les abrazaba y lloraba, mientras hacía mis propios planes macabros. Después de todo, era posible que sí que fuera el monstruo del que hablaban en la tele...

6 comentarios:

Rose Kavalah dijo...

Una vez más fascinante!!

un saludo natalia

nati dijo...

Gracias! Mira que no estaba muy convencida porque llevaba demasiado tiempo dándole vueltas a la dichosa historia... Hasta otra!

Rose Kavalah dijo...

pues cada vez que dudes en publicarlo, hazlo.
Porque en el peor de los casos simplemente no me gustará. Pero en el mejor (como de costumbre...), me encantará.

Alex dijo...

Nati maquinola!
Este me hacia pensar en La Celda. Me ha gustado mucho el final.

Milenia dijo...

Jo, ¡qué repelús!

Vaya imaginación, rubia.

A veces me das miedo :-)))

Nati dijo...

Bueno, pero si se parece a "La Celda" deja de tener mérito. Lo gracioso es que vi la peli y no la recuerdo para nada...