17 de marzo de 2009

Amores Catódicos

Foto por Pamp (CC Some Rights Reserved) para este blog

Tener treinta y tres años, llamarse Amanda y estar enamorada de Brian Kinney es muy duro. Sobre todo si se trata de un personaje de ficción que vive en Pittsburgh y encima es "gay". Sabes que si existiera nunca se fijaría en ti, pero en el fondo sigues albergando la vana esperanza de que se pase a la otra acera sólo para conocerte. Una simple conversación con él valdría más que una vida entera con cualquiera de esos patéticos heterosexuales de vidas insulsas que pasan junto a ti como fantasmas.
Hace tiempo que sabes que en el mundo hay sólo dos tipos de tíos: los que admiten que son fans de Brian Kinney y darían cualquier cosa por tirárselo y los que lo niegan, pero que en el fondo estarían encantados de que les diera por culo. Cada noche sueñas con ser un hombre del tipo uno en los brazos de tu ídolo, pero al despertarte por la mañana la dura realidad te golpea una y otra vez: ése que ronca a tu lado no es más que un triste ejemplar del tipo dos.
Tu novio se llama Sebas y no se parece en nada a Brian Kinney, pero haces esfuerzos ímprobos por que se le parezca cada vez que practicais eso a lo que se llama sexo. Vuestra relación hace tiempo que agoniza y ahora apenas compartís otra cosa que la hipoteca de un piso sobrevalorado. Claro que has pensado en dejarle, al igual que has pensado muchas veces en dejar tu trabajo, que básicamente consiste en aguantar a un carcamal que encuentra inspiración para dictarte sus faxes cinco minutos antes de tu hora de salida. Le odias porque él solito ha conseguido convertir a tu empresa en un barco a la deriva, que cualquier día se hunde arrastrándote al fondo con él. Porque de una cosa sí estás segura: no sabes nadar y si te quedas sin trabajo, morirás ahogada. De modo que ahí estás, Amanda, atrapada en esa vida que no te satisface, incapaz de enfrentarte a ninguna entrevista de trabajo porque no sabes venderte, incapaz de cambiar a tu novio por otro tan sólo porque te da pereza iniciar uno de esos tediosos rituales de apareamiento a los que llaman flirteo. Francamente, hay que ser imbécil para pensar que a Brian Kinney se le pudiera pasar por la cabeza la idea de cruzar la calle por ti.

Tener treinta y cinco años, llamarse Sebas y tener una novia que no te quiere pero que sigue contigo por pura inercia es frustrante, sobre todo si la sigues queriendo y sabes que está enamorada de un "marica" que ni siquiera existe.
Si la vida fuera una piscina, Amanda sería de esas que la vería desde el borde sin atreverse a meter ni un dedo en el agua. Observa a los nadadores con envidia, se lamenta de no saber nadar, pero no hace nada por aprender. Los hay que nadan con una rapidez y un estilo pasmosos, tipos como el propio Brian Kinney, que van pisando fuerte sin importarles a quién puedan llevarse por delante, que te doblan una y otra vez, haciéndote tragar agua a su paso; y esos otros que como tú, que más que nadar se pelean con el agua y se conforman con llegar al otro lado de una pieza. Al levantar la cabeza para coger aire entre brazada y brazada, ves a Amanda allá a lo lejos, evitando mirarte porque siente vergüenza ajena, deseando que fueras cualquiera de esos bomberos de cuerpo escultural, a los que nunca te vas a parecer por más que nades las 24 horas del día.
Hace un par de meses que la engañas con el fantasma de Melinda Gordon, que se te aparece noche tras noche en tus sueños. Siempre os encontrais en la misma playa, donde la ves a lo lejos y adivinas una sonrisa en su rostro mientras te hace un ligero gesto para que te acerques. Luego os perdeis entre las palmeras donde haceis cosas a las que todavía no se les ha puesto nombre. A veces también sueñas con dejar tu trabajo en la fábrica y hacer algo más creativo, pero la hipoteca del piso es como una enorme piedra con una larga cadena atada a tu cuello durante los próximos treinta años. Te dan escalofríos al pensar qué será de ti para cuando termines de pagar el dichoso piso. Que Amanda y tú sigais juntos para entonces parece tan imposible como que Brian se enamore de Melinda y formen una familia.

No hay nada peor que llamarte Amanda, levantarte una mañana con la pata izquierda, creerte que eres un marinero trabajando en un barco, amotinarte ante tu capitán pensando que lo haces en nombre de todos tus compañeros y encontrarte con que tu jefe ni es un capitán, ni tu un marinero, ni nadie respalda ese motín que has encabezado no se sabe a santo de qué. Para cuando te das cuenta ya te han tirado por la borda y comienza tu lucha desesperada por mantenerte a flote, pero te hundes como una hipoteca y empiezas a tragar agua mientras sigues agitando los brazos estúpidamente. Cuando piensas que todo está perdido, un brazo musculoso te agarra y te saca a flote. Uno de esos tipos de cuerpo escultural tira de ti, mientras pide que dejes de revolverte como una loca porque os vais a hundir los dos. Avanzais lentamente en dirección a la orilla, hasta que tu salvador cree distinguir a lo lejos una figura masculina tomando el sol sobre la cubierta de un yate. Sin mediar palabra, te suelta y empieza a nadar como un loco hacia el otro. Claro, ¿quién iba a resisistirse a los encantos de Brian Kinney, que te mira impasible mientras vuelves a hundirte y a tragar agua como una idiota?

No hay nada más patético que un mal nadador tratando de hacerse el héroe. Pero al ver como el bombero se aleja hacia el yate dejando a tu novia a merced del mar, no dudas en lanzarte al agua y tratar de salvarla a costa de lo que sea. Cuando al fin la alcanzas, tiras de ella con todas tus fuerzas y sin saber cómo, conseguís llegar a la orilla de lo que parece una isla. Cuando despiertas horas después, os encontrais en una hermosa playa en la que muchos turistas matarían por pasar sus vacaciones. Amanda está tendida a unos metros de ti y respira acompasadamente. Cuando por fin abre los ojos, no está segura de si aquello es un sueño o de si simplemente estais muertos y os habeis merecido el paraíso. El sol acaricia vuestra piel mientras una suave brisa cálida os trae el sonido de las olas al besar la orilla. La ayudas a levantarse y empezais a caminar a lo largo de la playa con la extraña sensación de que el hotel tiene que estar detrás de algún grupo de palmeras. Al cabo del rato, Amanda se vuelve y te dice:
- Creo que debemos de estar muertos. Nos está siguiendo una mujer que se parece mucho a Melinda Gordon...
Y, efectivamente, al mirar hacia atrás, la ves allá a lo lejos como en ese sueño que se repite noche tras noche, sólo que esta vez Amanda también está en él. Vuelves a adivinar una sonrisa en el rostro de Melinda y ese gesto con el que te invita a seguirla. Durante unos segundos tu mirada se pasea entre la hermosa joven y la amargada de tu novia, que ni siquiera te ha dado las gracias por salvarle su vida. Finalmente le dices a Amanda:
- Espérame aquí, ahora vuelvo…
Y sin dejar que ella te responda, echas a correr hacia Melinda y deseas con todas tus fuerzas que sea tan real como Amanda y tú.

Tener treinta y tres años, llamarse Amanda y que tu marido se fugue con otra, dejándote tirada en una isla desierta es muy duro. Sobre todo si Brian Kinney y el musculitos, que te observan desde el yate, se meten en la cabina haciendo caso omiso de tus señales de socorro.

6 comentarios:

fefe dijo...

jeje muy chula la foto!!! :D

El cuento también me mola mucho, ya te lo había comentado...

Jordim dijo...

Buen cuento. Ese tipo estaría orgulloso. Auqnue lo de que una mujer se sienta atraída por un gay es un síntmoma raro, pero muy interesante.

Dabid dijo...

Es muy duro llamarse David, tener 32 años y que te hagan llorar con un relato tan bueno como este, me ha tocado la fibra, snif snif.

...Que vergüenza, soy una nenaza...

Alex dijo...

No está siguiendo una mujer. Le falta una s

Nati dijo...

Gracias, ya está arreglado :)

Fancy Factory dijo...

Hola Natalia! Soy Sandora san, jeje! Ayer te lo comenté ya, pero he puesto una mención en nuestro blog de Fancy Factory, solo por avisarte. Enhorabuena por el relato!! Me ha gustado!! Un saludo!