31 de marzo de 2009

No todos eran perfectos

Foto por Fefegg (Copyright) para este blog

Cuentan que un buen día un tipo muy listo, o muy tonto, pero indudablemente muy importante, decidió que todos teníamos que ser rubios y tener ojos azules. La genética, que ya permitía tener hijos a la carta, se encargó del resto. De modo que apenas unas décadas después todos, o casi todos, éramos rubios y teníamos ojos azules tal como aquel honorable personaje había imaginado. Es decir, había mucha gente que incluso hubiera jurado y perjurado que todos, absolutamente todos, éramos rubios y teníamos ojos azules. Sin embargo, yo sabía que no era cierto porque en mi casa teníamos una clara prueba de lo contrario.
Mi hermano Pedro nació cuando yo tenía cuatro años. Al recogerle en el hospital nos había parecido normal: un enano calvo que berreaba igual que los demás. No obstante, a las pocas semanas de traerlo a casa nos percatamos de que sus ojos celestes se iban tornando sospechosamente verdes. Ni que decir tiene que esto fue motivo de intensos debates entre mis padres, que parecía como si estuvieran tratando de aclarar de una vez por todas si el color turquesa era azul o verde. Para colmo de males, la cabeza de mi hermano empezó a ser invadida lenta pero irremisiblemente por una espesa mata de cabello negro azabache que ya no dejó lugar a dudas: nuestro Pedro era un niño moreno y de ojos verdes, un ejemplar defectuoso cuya mera existencia era un atentado contra los rígidos cánones de belleza impuestos por nuestra sociedad.
Una familia al uso habría ido derechita al hospital a poner una queja. Es más, hubiera montado tal pollo que no sólo habría conseguido canjear al hijo malo por otro en buen estado, sino que además habría cobrado una pasta por las molestias ocasionadas. Pero no, mis padres no. Aquellos tres meses de convivencia con Pedro habían bastado para que se encariñaran con él pese a sus defectillos. Así que decidieron quedárselo convirtiendo a la pequeña Paula, es decir, a mí, en cómplice involuntaria de aquella locura. Me obligaron a jurar que guardaría aquel terrible secreto y en adelante me esforcé por tratar a mi hermano como a un igual pese a su evidente anormalidad.
Durante los primeros años de su vida, Pedro permaneció siempre escondido en casa, a salvo de las miradas indiscretas de nuestros vecinos. Aún así, su infancia se podría haber calificado de feliz gracias al cariño desmedido que le profesaban mis padres y a la inestimable compañía de su única compañera de juegos, es decir, yo. Aunque aprendí a quererle como el que más, he de confesar que a menudo tenía pesadillas en las que algún vecino descubría el pastel y nos denunciaba a las autoridades. Tras un juicio fulminante solían condenarnos a muerte por romper con la uniformidad imperante en nuestra sociedad, tan sabiamente establecida por el tipo listo del primer párrafo. Sí, el mismo que había caído en la cuenta de que la felicidad consistía en que todos fuéramos rubios, tuviéramos ojos azules, lleváramos el mismo mono gris y fuéramos por la vida con esa estúpida sonrisa de anuncio estampada en la cara.
Era imposible negar que la llegada de Pedro cambió muchas cosas en casa. Mis padres debieron de llegar a la sabia conclusión de que siendo como éramos autores de un crimen que merecía la pena capital, ¿en qué medida podría afectarnos la atribución de otros delitos menores? Es decir, ¿acaso podía agravarse la condena a la silla eléctrica inyectándonos simultáneamente un veneno letal? ¿Es que la perspectiva de morir ahorcado en una cámara de gas podía empeorar las cosas?
Mi madre empezó a saltarse las normas cosiendo vestidos de colores con viejos retales. A menudo nos los poníamos mi hermano, ella y yo en su dormitorio y nos echábamos unas risas bailando al ritmo machacón de unos cds que habíamos rescatado del fondo de un armario. A Pedro le gustaba decir que aquello era música satánica, pero mi madre no se cansaba de repetirnos que sólo se trataba de "chunda chunda". Estas juergecillas se solían acabar con la llegada del aguafiestas de mi padre, que apagaba la música pese a nuestras protestas y nos obligaba a ponernos de nuevo nuestros aburridos monos grises. Pero él tampoco era un santo. De hecho, pronto empezó a contarnos historias sobre un mundo en que la gente se gastaba una pasta en ropa de marca, se pintaba las caras y el pelo, se iba a la playa a achicharrarse al sol, comía comida basura, fumaba, bebía alcohol... y se hacía vieja con el paso del tiempo. Nunca nos cansábamos de preguntarle qué era eso de hacerse viejo, a lo que siempre respondía diciendo que básicamente consistía en que el pelo se te ponía blanco o se te caía y la cara se te arrugaba como una pasa de uva. No es que en nuestro mundo no hubiera gente que llegara a los noventa o cien años, pero a partir de cierta edad te ibas regularmente a esas clínicas en que te hacían esos arreglillos que, según mi padre, acababan convirtiendo a todas las mujeres en clones de una tal Meg Ryan y a los hombres en primos hermanos de Robert Redford. Cuando le preguntábamos quiénes eran aquellos sujetos, él nos explicaba que eran personas importantes en los tiempos del tipo listo, que probablemente había pensado que era mejor parecerse a ellos que envejecer.
Cuando mi hermano cumplió los cuatro años, mis padres recibieron una carta de las autoridades notificándoles que había llegado el temido momento de su escolarización. Con mis ocho años recién cumplidos yo era un auténtico flan aquella primera mañana en que Pedro se subió al autobús conmigo. Estaba convencida de que nuestros compañeros nos descubrirían de inmediato y nos mandarían a todos derechitos a la cárcel, o a donde mandaran a gente de nuestra calaña. Sorprendentemente nadie pareció reparar en él, aunque para mí fuera más que evidente que llevaba una peluca rubia mal puesta y unas horribles lentillas azules ocultando sus hermosos ojos de color verde. Aquella mañana mi mejor amiga, Marisa, se sentó junto a nosotros y tras mirar a Pedro durantes unos instantes que me parecieron eternos, acercó sus labios a mi oído y me susurró:
- Es raro tu hermano... Pero me gusta.
Y sólo recuerdo que no me gustó que le gustara.
Pedro, que iba con la lección bien aprendida, supo adaptarse y pasar desapercibido en la jungla que era el colegio. Consiguió hacerse un hueco entre sus compañeros sonrientes y a veces incluso llegué a olvidar que no era rubio ni tenía ojos azules.
Durante años llevamos una doble vida: éramos como los demás de puertas afuera, pero nos transformábamos en auténticos delincuentes nada más traspasar la puerta de nuestra casa donde todo, o casi todo, parecía estar permitido. Las mentiras y los secretos que rodeaban nuestras vidas me llegaron a parecer tan naturales como la tabla de multiplicar, el tofu o el hilo dental. Llegué a creer que las cosas siempre podrían seguir igual. Y, de hecho, todo fue sobre ruedas hasta que Pedro cumplió los trece. Fue entonces, cuando de la noche a la mañana mis padres y yo le notamos distante, mustio, pensativo... Y los demás, impotentes, intercambiábamos miradas llenas de preocupación, temiéndonos que su adolescencia recién adquirida fuera a jugarnos una mala pasada.
"¡Por Dios, Pedro!" me decía cuando me lo cruzaba por los pasillos del instituto. "Cómete el tarro todo lo que quieras, pero no dejes de sonreir nunca..."
Una mañana y sin previo aviso, mi hermano se presentó en el instituto tal como era, desprovisto de peluca y lentillas. Su pelo negro, revuelto, ondeando al viento, desafiante; sus ojos verdes mirando al frente, con orgullo; su mono gris transformado hábilmente en pantalón y uno de los vestidos de mi madre a modo de camisa. Por un instante dudé de si aquello estaba ocurriendo de veras o de si era tan sólo otra de mis pesadillas. Luego me invadió el pánico, que durante unos segundos me dejó paralizada al tiempo que todo tipo de pensamientos oscuros se atropellaban en mi mente. Cuando por fin volví a la realidad, me encontré con que el mundo parecía haberse detenido, todas las miradas de profesores y estudiantes fijas en mi hermano, como hipnotizadas. No se oía nada, salvo el latir acelerado de mi propio corazón y los pasos decididos de Pedro, que caminaba hacia la puerta principal, sin detenerse, sin dudar, sin mirar atrás, sin pensar en las consecuencias, en mis padres, en mí. Para cuando el mundo volvió a ponerse en marcha, mi personaje ya había desaparecido de la escena dejando un hueco incómodo junto a la figura de Marisa.
Aquella noche mis padres y yo permanecimos sentados en la cocina, en silencio, esperando a que la policía llegara en cualquier momento para arrestarnos. Pero no vino nadie, ni siquiera mencionaron el incidente en la televisión local. Y, ¿qué era una revolución, o lo que fuera que estuviera tramando mi hermano, si no tenías a los medios de tu parte? Era como dar el espectáculo currándote una carnicería y que nadie hablara de ello: un total sinsentido. Para nada, salvo para fastidiarnos a nosotros que le habíamos tratado como a un igual, pasando por alto todos sus defectos.
Pedro llegó a casa tarde, nos dio las buenas noches como si no hubiera pasado nada y subió a su cuarto como una exhalación. Cuando estaba a punto de ir tras él para matarle, mi madre nos llamó la atención sobre algo que había visto afuera. Al otro lado de la verja de nuestro jardín se distinguía a un pequeño grupo de jóvenes rubios ténuemente iluminados por la luz de las farolas. Inmóviles como estatuas, observaban nuestra casa en silencio. Debían de haber seguido a Pedro hasta allí. Pero, ¿por qué? En todo caso, no tardaron en dispersarse y desaparecer bajo el manto de la oscuridad. Si aquella noche no tuve pesadillas fue únicamente porque no pude pegar ojo.
Cuando me levanté al día siguiente, Pedro ya se había vuelto a marchar. Mis padres me sugirieron que no fuera a clase por lo que pudiera pasarme, a lo cual respondí malhumorada que yo no tenía por qué esconderme, que era rubia, tenía ojos azules y no había hecho nada malo. Me fui dando un portazo. Al otro lado de la puerta era un día soleado de otoño. Cambié la cara de cabreo por una sonriente, respiré hondo y me dispusé a disfrutar de otro día perfecto. Pero me bastó dar unos pasos para darme cuenta de que algo descuadraba: junto a la verja de nuestra casa había varias pelucas rubias desparramadas por el suelo. Sin pararme a pensar en lo que aquello podía significar, las aparté de un puntapié mientras pensaba que eso mismo le habría hecho al capullo de Pedro si le hubiera tenido delante: darle una patada donde más le doliera.
De camino al instituto me crucé con varias chicas de larga cabellera castaña, un chico rubio con una camiseta roja, un tipo moreno con pantalones verdes, varias viejas con vestidos de flores... Me pareció que la gente hablaba con voz más fuerte de lo habitual, reía a carcajadas, discutía acaloradamente, lloraba, contaba chistes... y todos, o casi todos, me miraban raro. Paula, rubia, ojos azules, mono gris, sonrisa radiante. Todo era correcto, ¿cuál era el problema?
Al llegar al instituto, donde parecía que estaban en plenos carnavales, me dije que Pedro lo había vuelto a hacer: había empezado revolucionando mi casa y ahora tenía que cambiar el mundo entero. Cuando al entrar en clase me senté junto a la versión pelirroja de Marisa, ésta me propinó un codazo y me animó a que me quitara también la peluca.
- ¡Vamos, Paula! No te cortes, que somos amigas... Seguro que te sentirás mejor.
- ¿Qué me quite el qué? - le dije yo llorando.
Y fue mirar a mi alrededor y comprender que el universo gris, azul y blanco al que estábamos habituados ya era historia. El tipo listo hubiese estado orgulloso de mí: debía de ser la única rubia auténtica con ojos azules de aquella clase, la única que seguía con su mono gris, llorando a moco tendido pero sin dejar de sonreir ni por un instante. Sí, los había rubios, pero con ojos verdes, grises, marrones; o los había con ojos azules, pero de pelo castaño, negro, pelirrojo... y en todo caso, nadie conservaba el absurdo mono gris, ni la sonrisa de dentífrico. Era probable que yo fuera la única chica perfecta de todo el instituto, del barrio, de la ciudad... Pero, ¿de qué me servía ser perfecta si Pedro acababa de cambiar todos los cánones de belleza? Ahora todos querían ser como él. A mí me miraban raro. Sí, todos me miraban raro. Me hubiera arrancado la peluca si la hubiera tenido, me hubiese puesto unas lentillas, pero ya era tarde, porque me tenían rodeada y venían a por mí, como en mis pesadillas. Sólo que no habría ni juicio siquiera, acabarían conmigo ahí mismo, entre los libros de matemáticas y de historia. Todos aquellos personajes desparejos, absurdos, que me hubieran admirado un día antes, me veían como a un símbolo de represión con el que había que acabar de una vez por todas. Y, de hecho, aquel hubiera sido mi fin, si una mano amiga no hubiera surgido de entre la multitud para rescatarme.
- ¡Vamos, Paula! - me dijo mi hermano mientras tiraba de mí con fuerza.
De camino a casa, escondida bajo una gorra verde, Pedro me dijo que él me seguiría queriendo aunque fuera rubia, tuviera ojos azules, me empeñara en seguir llevando el ridículo mono gris y sonriera como una estúpida. Nunca habría pensado que llegaría el día en que mi hermano pronunciaría aquellas palabras.
“¡Despierta, despierta!” me dije tratando de escapar de aquella nueva pesadilla.
Entonces comprendí que no estaba en una de mis pesadillas, sino en el sueño de Pedro, que por fin se había hecho realidad. Un sueño en que todos podíamos delinquir tanto dentro como fuera de casa, en que era tal el número de transgresores que el mundo entero se había convertido en nuestra cárcel. Algunos lo llamaban libertad de expresión, pero yo sólo veía a gente malhumorada que competía por hacerse un hueco en la sociedad, demostrando quién era más guapo, más listo, más ocurrente, más cabrón, o lo que fuera. El tipo listo se habría tirado de los pelos. Pero, claro, ese ya no era su mundo y ya nadie, o casi nadie, tenía la más mínima intención de parecerse a Meg Ryan ni a Robert Redford, fueran quienes fuesen aquellas dos venerables personalidades.

4 comentarios:

Alex dijo...

Una bonita historia que deberían leer en todos los coles ;-)

jordim dijo...

Muy cierto, pedagógica y divertida.

Dabid dijo...

Esta seria una buena forma de acabar con la polémica de la educación para la ciudadanía.
Me recuerda a la historia del hombre que se cambio de sexo y cuando vio lo mal que trataban a las mujeres en su país, quiso volver a ser hombre.

Anónimo dijo...

pues me ha gustado este cuento....